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viernes, 22 de diciembre de 2017

Descubrieron un plesiosaurio del Periodo Jurásico

Hace unos años en un yacimiento antártico del Cretácico, en la Isla Vega, se había encontrado un fósil de plesiosaurio. Este Hallazgo fue muy importante y en este blog se publicó sobre el mismo. Para recordar este importante evento recomiendo ver el video de la entrevista al Dr Marcelo Reguero, en la cual se puede escuchar que tenía como futuro objetivo poder ir a una zona jurásica porque  ya se conocía que poseía riqueza fosilífera.



La experiencia sobre este tipo de reptiles en la Antártida, por suerte, es muy vasta, y mediante el video Paleontólogos en la Antártida: Capítulo 4: El plesiosaurio se puede ver la excelencia en la preparación de los científicos argentinos, y la colaboración en la tarea para lograr el objetivo. Por otro lado, explican cómo es un plesiosaurio, cómo lo describen y por qué no es un dinosaurio.



En la Campaña Antártica de Verano 2016 se accedió a la zona antes mencionada por el Dr Reguero, y allí paleontólogos argentinos descubrieron un plesiosaurio de 150 millones de años de antigüedad. El equipo estaba conformado por los investigadores y técnicos del Museo de La Plata y CONICET: la Dra. Soledad Gouiric-Cavalli, Paleoictióloga; el Dr. José P. O´Gorman, Paleoherpetólogo; el Sr. Juan José Moly, Técnico; y el Lic. Leonel Acosta Burllaile, Técnico.


Es el primer registro de un plesiosaurio del período Jurásico en la Antártida, y se trata de un reptil marino carnívoro que superaba los seis metros de longitud. Fue descubierto en  el Cabo Longing de la Península Antártica, en un nuevo yacimiento paleontológico ubicado 113 kilómetros al sudoeste de la Base Marambio.




El paleontólogo José Patricio O’Gorman, investigador del Museo de la Plata (MLP) y del CONICET, comentó que “este registro de plesiosaurio es 80 millones de años más antiguo que lo que se tenía conocimiento para la Antártida”.


“Fue la primera campaña paleontológica que realizamos en este afloramiento que es como un mar congelado de 150 millones de años en un excelente estado de conservación”, destacó el autor principal del estudio que fue aceptado para ser publicado en la revista científica Comptes Rendus Palevol. 

La doctora Soledad Gouiric Cavalli, especialista del MLP y del CONICET en el estudio de peces del Jurásico, indicó que "fue difícil llegar debido a las condiciones climáticas. Junto a personal de logística y un especialista en reptiles prehistóricos, nos trasladamos desde la estación científica con helicópteros MI-17 de la Fuerza Aérea". La investigadora explicó que "es un mar congelado en el tiempo", se tuvo la suerte que “al caminar por el yacimiento se encuentra una gran diversidad de peces, amonites, algunos bivalvos, pero no esperábamos encontrar un plesiosaurio de tal antigüedad; fue sorprendente". Por otro lado,“el hallazgo es bastante extraordinario, porque el yacimiento no posee el tipo de rocas en las que se puede encontrar materiales preservados en tres dimensiones, como es el caso de las vértebras de este reptil marino”, destacó la Paleoictióloga.

El hallazgo del plesiosaurio, los fósiles descubiertos se destacan en rojo
El rescate 

A este afloramiento del Jurásico de cuatro kilómetros de largo por dos kilómetros de ancho solo se puede llegar tras dos horas de vuelo en helicóptero desde la Base Marambio, por lo que los investigadores remarcaron la logística impulsada por el Instituto Antártico Argentino (IAA). 

Allí, durante la campaña antártica de verano de 2016, acamparon 40 días la doctora Gouiric Cavalli, el doctor José O’Gorman y los técnicos Juan José Moly y Leonel Acosta Burllaile. “Fue muy emocionante llegar allí, a un sitio que nadie había pisado en 23 años”, relató O’Gorman. 

“Es el lugar más alejado a donde hemos llegado con las campañas de paleontología de vertebrados en la Antártida”, valoró la doctora Soledad Gouiric Cavalli. Y añadió: “Las campañas argentinas se suelen realizar en inmediaciones a la Base Marambio (en las islas Marambio, James Ross y Vega), pero aquí hemos ampliado bastante el rango de acción y tenemos el interés de ir a sitios aun más alejados”.

El doctor Marcelo Reguero, investigador del MLP y director de las campañas paleontológicas del Instituto Antártico Argentino (IAA), afirmó que “fue preciso realizar toda una logística para llegar a este yacimiento ubicado en Cabo Longing y el resultado fue muy exitoso, al haber rescatado una gran diversidad de peces, plantas y este plesiosaurio, y este verano se irá a la nueva campaña con aun mayores expectativas”.

“En la campaña de 2016, se obtuvo una gran cantidad de fósiles y para la expedición del verano próximo iremos con instrumentos para obtener una cantidad todavía mayor de ejemplares”, anticipó el investigador del MLP y del IAA.

La doctora Gouiric Cavalli, quien será parte de la nueva campaña que se hará en este mar congelado del Jurásico desde el 8 de enero hasta mediados de febrero, aseguró que “allí se encuentra una cantidad sorprendente de peces y es lógico pensar que el plesiosaurio que descubrimos se alimentara de ellos, porque es un reptil marino grande y hallamos peces de tamaño mediano, algunos chicos, y algunos bastante grandes también”. También  explica cómo pudieron llegar estos animales al Continente Blanco: “lo que se sabe es que el hemisferio norte y el hemisferio sur por entonces estaban conectados a través de dos corredores marinos. El Proto-Pacífico habría estado en contacto con el Tetis europeo a través del corredor Hispánico. Los extintos plesiosaurios migraron a través de la zona que hoy es Cuba. El corredor de Mozambique, en cambio, conectaba la Cuenca Neuquina con el Tetis a través de la Antártida”.


Movimiento de las placas tectónicas:
las imágenes muestra el cambio desde el Período Pérmico de la Era Paleozoica, hasta hoy.

Respecto a la excelente conservación de esta fauna y flora marina del Jurásico, la investigadora del MLP y del CONICET reveló que “se preservaron así porque el fondo de aquel mar tenía muy poco oxigeno, por lo que no se desarrollaban organismos que pudieran desarticular esos ejemplares y tampoco se producían los fenómenos de putrefacción”.

El mundo hace 150 millones de años 

El doctor Marcelo Reguero señaló que “estos depósitos ricos y únicos en vertebrados del jurásico marinos pertenecen a la época en que la Antártida formaba parte del continente Gondwana y estaba junto a Australia, Nueva Zelanda, India, Madagascar, África y América del Sur”.

La temperatura de los mares era mucho más elevada hace 150 millones de años y el mapa mundial era muy diferente. Según manifestó el doctor José O’Gorman, este plesiosaurio, además de tratarse del primero de su clase en el Jurásico en la Antártida, sirve como evidencia a favor de la posibilidad de la dispersión de estos reptiles por medio de un pasaje que existía entre África y la Antártida, que en ese momento recién se habían separado.


Fuente

Otra publicación del blog referida al Plesiosaurio 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Descubren pingüino enano de 34 millones de años en la Antártida




La característica más distintiva de Aprosdokitos mikrotero 
es su pequeño tamaño, que es aproximadamente la mitad
 de la de otros conocidos pingüinos Eoceno fósiles de la Antártida; 
por lo tanto, el establecimiento de si los individuos 
eran adultos fue un paso crucial en este estudio.
Acosta Hospitaleche, Carolina & Reguero, Marcelo & Santillana, Sergio. (2017).




La doctora Carolina Acosta Hospitaleche, investigadora del Museo de La Plata y del CONICET, comentó a la Agencia CTyS-UNLaM que “en un comienzo, por el tamaño diminuto de su húmero, dudamos de si este animal habría tenido alguna patología que afectase su crecimiento, pero lo comparamos con huesos patológicos y comprobamos que era un pingüino adulto sano”.


La Dra. Acosta Hospitaleche, según su estatura, comparada con el pingüino enano, el pingüino emperador y el pingüino más grande del que se tenga registro. Foto de Agencia CTyS- UNLaM

Esta nueva especie de pingüino enano fue bautizada como Aprosdokitos mikrotero (inesperado minúsculo). “No solo es sorprendente haber encontrado un espécimen tan pequeño, sino saber que convivió con pingüinos gigantes que lo quintuplicaban en estatura”, destacó la autora principal del estudio publicado en la revista científica alemana Neues Jahrbuch für Geologie und Paläontologie.

Hace 34 millones de años, los pingüinos reinaban en la Isla Marambio, con ejemplares diminutos, más pequeños que el pingüinito azul que existe actualmente en Nueva Zelanda, que ronda los 40 centímetros de altura, hasta ejemplares descomunales de la especie Palaeeudyptes klekowskii que podían alcanzar los 2,20 metros, mucho más que los 1,20 metros que puede medir el pingüino emperador que hoy habita en algunas regiones de la Antártida.


“Durante el Eoceno, en la Antártida, había tanta diversidad de pingüinos en formas y tamaños porque había muchos recursos disponibles”, aseveró la investigadora del MLP y del CONICET. Y agregó: “El clima era templado frío, con temperaturas más altas que en la actualidad, por lo que contaban con un mayor espacio descubierto de hielo y una disponibilidad de alimentos mucho más grande”.

Los pingüinos del Eoceno ya habían desarrollado gran capacidad para el buceo. “Al estudiar el ala de este pingüino enano pudimos observar que tenía adaptaciones similares a los pingüinos modernos”, describió la doctora Acosta Hospitaleche, también autora principal del estudio que dio a conocer el pingüino más grande del que se tenga registro.

Las especies gigantes se alimentaban de peces de gran tamaño, por tener picos más poderosos, en tanto que esta especie diminuta, posiblemente, no se alimentaba de peces, sino de crustáceos. “Es posible que las especies grandes y pequeñas buscaran su alimento en distintos nichos del ecosistema”, consideró la especialista.

Para este nuevo estudio, compararon a los fósiles del Aprosdokitos mikrotero con más de 400 húmeros de pingüinos disponibles en el área de Paleontología de Vertebrados del Museo de La Plata, que se han colectado durante más de 30 años de expediciones impulsadas por el Instituto Antártico Argentino.

Serie ontogenética basada en Pygoscelis antarctica establecida con fines comparativos
Cuadro obtenido en Acosta Hospitaleche, Carolina & Reguero, Marcelo & Santillana, Sergio. (2017). 

“Tenemos miles de huesos de pingüinos y más de 400 húmeros de diferentes taxones en la División de Paleontología de Vertebrados, entre los cuales está el pingüino gigante y ninguno tan pequeño como el que presentamos ahora”, detalló la doctora Acosta. Y precisó: “Los húmeros más chicos de los pingüinos del Eoceno que conocíamos hasta ahora tenían, al menos, el doble de tamaño que el de esta nueva especie enana”.

Serie ontogenética constituida por Pygoscelis antarctica. A, MLP 1769 (recién nacido), B, MLP 790 (7 días de edad), C, MLP 805 (10 días de edad), D, MLP 788 (2 semanas de edad), E, MLP 786 (2 semanas de edad) MLP 787 (4 semanas de edad), G, MLP 817 (5 semanas de edad), H, MLP 809 (6 meses de edad), I, MLP 812 (8 semanas de edad), J, MLP 807 (diez meses) MLP 806 (1 año de edad). Cada línea de fotografías tiene su propia escala. Barra de escala = 10 mm. 
Foto de Acosta Hospitaleche & Reguero, Marcelo & Santillana, Sergio. (2017).



Los pingüinos supervivientes del Eoceno


La doctora Hospitaleche relató que “existe el consenso de que solo un pequeño grupo de los pingüinos del Eoceno logró evitar su extinción, al emigrar a Sudamérica y, a partir de ellos, es que existen pingüinos en la actualidad”. Primero, arribaron al sur de Argentina y de Chile. En este último lugar mencionado, los pingüinos se diversificaron y uno de esos grupos emigró posteriormente a Perú, donde se produjo una nueva irradiación de estas aves.

Los pingüinos que habitan actualmente en el continente blanco son especies que han repoblado el área, descendientes de alguno de los grupos emigraron a Sudamérica, porque todos los linajes que se quedaron en la Antártida terminaron extinguiéndose.

Para soportar el frío extremo que tiene el continente antártico en el presente, los pingüinos desarrollaron adaptaciones muy específicas. “Por ejemplo, el pingüino emperador, la especie más grande en la actualidad, tiene una capa de grasa importante y tiene las plumas con una disposición muy particular que les permite generar una cubierta muy importante de aislamiento térmico”, contó la investigadora a la Agencia CTyS-UNLaM.

La investigadora comentó que, además, el pingüino emperador tiene un sistema de circulación de sangre en las áreas más expuestas del cuerpo que le permite no enfriar las partes internas de su organismo.

Mapa de la isla de Seymour (Península Antártica, Antártida Occidental), señalando las localidades fósiles DPV 16/84 y IAA 2/13 donde se encontraron los húmeros descritos aquí. A la derecha, la flecha muestra la ubicación de la isla Seymour, cerca de la punta de la península. Imagen obtenida en Acosta Hospitaleche & Reguero, Marcelo & Santillana, Sergio. (2017)

El rescate de los fósiles del Aprosdokitos mikrotero se produjo en el año 2012 en los niveles conocidos como Submeseta III de la Isla Marambio. Desde ese momento, se inició el estudio hasta la reciente presentación de esta nueva especie. En tanto, en la campaña de 2017, la doctora Hospitaleche encontró un nuevo fósil de pingüino enano, en un sitio mucho más antiguo, de aproximadamente 50 millones de años.


Fuente:


  • Pujol, Emanuel (15- septiembre- 2017), Descubren pingüino enano de 34 millones de años en la Antártida. Agencia CTyS- UNLaM. Disponible en http://www.ctys.com.ar/index.php?idPage=20&idArticulo=3460
  • Acosta Hospitaleche, Carolina & Reguero, Marcelo & Santillana, Sergio. (2017). Aprosdokitos mikrotero gen. et sp. nov., the tiniest Sphenisciformes that lived in Antarctica during the Paleogene. Neues Jahrbuch für Geologie und Paläontologie - Abhandlungen. 283. 25-34. 10.1127/njgpa/2017/0624.
  • Sanchez, Rodolfo (13-septiembre-2017), Nuevo hallazgo paleontológico en la Antártica: Aprosdokitos mikrotero (pingüino enano), Prensa Antártica. Disponible en https://prensaantartica.com/2017/09/13/nuevo-hallazgo-paleontologico-en-la-antartica-aprosdokitos-mikrotero-pinguino-enano/


Para saber más de este tema recomiendo entrar a la publicación de este hallazgo científico


Link para leer el artículo 







jueves, 13 de octubre de 2016

Un sonido de 70 millones de años

Investigadores del CONICET descubrieron el registro más antiguo conocido hasta ahora del aparato fonador de las aves. Aquí se describen los primeros restos, de una siringa fósil de la era Mesozoica, que se conserva en tres dimensiones en un espécimen desde el Cretácico superior (hace aproximadamente 66 a 69 millones de años) de la Antártida. Este hallazgo fue publicado en la revista Nature. 


Vegavis iaai junto a los dinosaurios de la Antártida. Ilustración: Gabriel Lio.

“Era buceadora y convivía con otros animales vertebrados marinos, como los mosasaurios, tortugas marinas, plesiosaurios, un grupo de tiburones, amonites, especies del bosque Nothofagus y dinosaurios herbívoros del tamaño de un caballo”. (Novas)

Los registros fósiles muestran que las aves que se conocen hoy en día descienden de los dinosaurios. A pesar de la lejanía temporal estas especies tienen esqueletos muy similares, e incluso comparten ciertos comportamientos reproductivos, entre otros aspectos. Sin embargo, poco se sabía de los sonidos que emitían los animales prehistóricos hasta el reciente hallazgo del primer aparato fonador – llamado siringe – de 70 millones de años que llegó hasta estos días.

Vegavis iaai 
A partir de canciones complejas a simples bocinazos, pájaros producen sonidos utilizando un órgano vocal único llamado la siringe. Situado cerca del corazón en la unión traqueobronquial, cuerdas vocales o membranas unidos a anillos mineralizadas modificados vibran para producir sonido.  Componentes siringe no fueron pensados para entrar comúnmente el registro fósil, y los pocos informaron partes fosilizados de la siringe son geológicamente joven, desde el Pleistoceno y Holoceno, hace aproximadamente 2,5 millones de años hasta el presente. La siringe más antigua conocida sólo es una muestra del Eoceno que no se describen o ilustran

Por primera vez, en la Isla Vega en la Antártida Argentina, se encontraron fósiles de la especie Vegavis iaai, un animal similar al actual pato, que muestran que la compleja vocalización de las aves ya se había desarrollado a fines de la era de los dinosaurios. Este descubrimiento fue recientemente publicado en la prestigiosa revista Nature y tiene entre sus autores a varios investigadores y profesionales del CONICET.

"Si bien se han identificado restos fósiles de aves más antiguas en la China, con huesos y plumas de más de 140 millones de años, hasta el momento nunca se había descubierto el aparato fonador. Significa que el ave que habitaba la actual Isla Vega en la Antártida sí lo tenía y podía comunicarse de manera compleja con otros individuos” (Novas) 

De izquierda a derecha, los miembros del equipo investigador, Fernando Novas, Federico Agnolin, Marcelo Isasi y Daniel Martinioni,

“El hallazgo tiene importancia mundial para entender la evolución de las aves. Es clave que el Estado argentino siga apoyando a la ciencia”. (Novas)


“Es muy difícil que se conserve un fósil de un ave porque tienen huesos huecos y frágiles, una característica relacionada al vuelo. Encontrar un ave fósil es infrecuente, más aún recuperar gran parte del esqueleto y en este caso es todavía más inusual porque descubrimos parte de su anatomía blanda. Lo fascinante es que este nuevo hallazgo, aparte de los huesos, brinda información sobre la estructura y función de la siringe, la región de la tráquea que producía sonidos. Esto nos informa sobre el comportamiento de estas aves, ya que da cuenta de que hace 70 millones de años ya se comunicaban entre sí de manera compleja”, explica Fernando Novas, investigador principal del CONICET en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN, CONICET) y uno de los autores del trabajo.

“Por primera vez accedemos a un ave mesozoica en este estado de conservación y, en particular, a su estructura fonadora”, subrayó el investigador del CONICET. Y agregó: “La siringe nos está hablando de sonidos, de comportamientos y de una amplia variedad de cuestiones relativas a la evolución de esta forma de comunicación por sonido. En contraposición, el resto de los fósiles de dinosaurios descubiertos hasta el momento en todo el mundo ninguno preserva esta disposición anatómica, lo que da la pauta de que no la tenían”.

Vegavis iaai era una especie de ave anseriformes que vivió en Antártida durante el Período Cretácico Superior, entre unos 65 y 70 millones de años atrás. Era de tamaño pequeño –50 cm de largo- y pesaba cerca de 1.5 Kg. Sus restos fueron descubiertos en 1992 en el Cabo Lamb de la Isla Vega y descriptos como una nueva especie en 2005 por un equipo liderado por Julia Clarke, de la Universidad de Texas, Estados Unidos. Por sus características anatómicas presenta un parecido con los somormujos, una especie de pato moderno que habita en Europa, Asia y África.




“El esqueleto se encontró en una exploración del Instituto Antártico Argentino (IAA). Luego Marcelo Isasi, profesional adjunto del CONICET, hizo un trabajo excepcional preparando el fósil, es decir, eliminando la roca para descubrir los huesos y luego viajó a la Universidad de Texas, EE. UU., donde el equipo de Julia Clarke escaneó los fósiles en un tomógrafo de alta resolución y lograron reconocer claramente los anillos que forman parte de la siringe. Ahí se abrió la posibilidad de estudiar algo que no imaginábamos que estaba preservado”, agrega Federico Agnolin, investigador en el MACN y otro de los autores.

Algunas especies, como los humanos y los vertebrados terrestres tienen una traquea que cuando llega a los pulmones se divide en los bronquios. En el caso de las aves en la bifurcación, en la base de la traquea, se desarrollan anillos mineralizados característicos con una musculatura especializada y con membranas que conectan esos anillos. Esa estructura, en conjunto, se denomina siringe. Ese acortamiento, alargamiento, modificación de las paredes, contracción y relajación de músculos forma el aparato sonoro que le permite a las aves emitir sonidos complejos.


“Dentro de la siringe, las membranas se arrugaban o estiraban, y producían el sonido. Por el tipo de siringe y por como son los demás huesos del ejemplar, estimamos que los sonidos que emitía eran parecidos a los de los patos actuales” (Novas)

La comparación de siringes Vegavis del Cretácico y Presbyornis del Eoceno de ejemplares de aves existentes que muestran la optimización de los principales rasgos presentes en el fósil y que surjan durante el origen de las aves vivas. La transición de la fuente de sonido basado en la laringe se ve en los grupos ajenos a una siringa, ubicada en el cruce traqueobronquial, se produjó dentro de Dinosauria, antes o en el origen de Aves, a diferencia de taxones afuera encuestados.

“Es la primera vez que se hace un estudio acerca de la distribución filogenética de la siringe” (Novas)

Por el parecido de la siringe encontrada del Vegavis iaai con la de los patos actuales, los investigadores sostienen que emitía graznidos que podrían haber sido parecidos a los ‘cuak cuak’ de sus parientes vivientes. Este órgano les permitía emitir sonidos complejos para hacerse oír, defender el territorio o conseguir pareja y lo utilizaban de la misma manera que las aves actuales.

Novas explica que en los hallazgos que se hicieron de dinosaurios y otras aves primitivas no quedó preservada la siringe. Al no tener un registro de la tráquea asociada con los esqueletos de los dinosaurios, es muy probable que estos animales no hayan tenido una siringe, ya que la misma es estructura mineralizada capaz de fosilizarse. Los investigadores presumen que los dinosaurios emitían sonidos pero lo hacían a la altura de la laringe como los humanos, en la parte alta cerca de la boca, y que la siringe es una especialización que se desarrolló tardíamente en la evolución de las aves.

Agnolin aclara que otro de los aspectos por los que este espécimen es un hallazgo de gran importancia biológica es porque trae luz sobre los orígenes de las aves modernas. Demuestra que hay varios grupos de aves, entre ellos los patos, que ya estaban presentes hace 70 millones de años y por lo tanto convivieron con los dinosaurios. Cuando estudiaron el Vegavis iaai vieron que el esqueleto tenía características de un animal buceador y que podía tolerar gran tiempo bajo el agua, lo cual indica que ya estaba adaptado para vivir en este medio.

“En el Laboratorio de Anatomía Comparada del MACN desde hace varios años estamos investigando la evolución de los dinosaurios desde sus orígenes hasta la aparición de los dinosaurios voladores: las aves. Hemos contribuido con hallazgos de varios “eslabones perdidos” entre dinosaurios y aves, y hemos aportado interpretaciones novedosas acerca de la adquisición del vuelo. Este trabajo viene a coronar los esfuerzos que estuvimos realizando en cooperación con personal del IAA en búsqueda de las evidencias de la evolución de los dinosaurios en la Antártida”, concluye Novas.



Fuentes consultadas

Alicia Andechaga

domingo, 7 de agosto de 2016

Paleontólogos en la Antàrtida

En esta publicación se comparte la colección PALEONTÓLOGOS EN LA ANTÁRTIDA, en ella se entrevistaron a los científicos en acción, tanto en el trabajo de campo como en la discusión que se entabla durante el análisis de los materiales recolectados.

PALEONTÓLOGOS EN LA ANTÁRTIDA, CAPÍTULO 1



TECtv La Señal de la Ciencia (5 -noviembre 2014), Paleontólogos en la Antártida- Capítulo 1: Cráneos, [archivo de video]. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=NXyKrjn6yg4

Publicaciones relacionadas que enriquecen el video
  1. Claudia Tambussi, la científica argentina que va tras los enigmas de la Antártida
  2. Claudia Tambussi - Conicet (trabajos para descargar )
  3. Hallan tres cráneos de pingüinos gigantes en la Antártida

    PALEONTÓLOGOS EN LA ANTÁRTIDA, CAPÍTULO 2




    TECtv La Señal de la Ciencia (5 -noviembre 2014), Paleontólogos en la Antártida- Capítulo 2: El arqueoceto, [archivo de video]. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=8v1mY25Rl08

    Publicaciones relacionadas que tratan sobre el hallazgo del arqueoceto
    1. Diario Clarín (12-octubre-2011), Hallazgo argentino en la Antártida. Descubren el fósil de ballena más antiguo
    2. Diario La Nación (11 -octubre-2011), Paleontólogos argentinos hallan el fósil de ballena más antiguo del mundo
    3. Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto- República Argentina (11 -octubre-2011), HALLAZGO EN LA ANTÁRTIDA DE RELEVANCIA INTERNACIONAL POR PARTE DE CIENTÍFICOS ARGENTINOS
    4. Diario Clarín (11-octubre-2011), Científicos argentinos hallaron los restos de la ballena primitiva más antigua del mundo

      PALEONTÓLOGOS EN LA ANTÁRTIDA, CAPÍTULO 3




      TECtv La Señal de la Ciencia (5 -noviembre 2014), Paleontólogos en la Antártida- Capítulo 3: Una excursión al Cretácico, [archivo de video]. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=4eTeZ6wOpIE

      Publicaciones relacionadas a la temática del video
      1. Reconstruyendo el rompecabezas de la fauna antártica (Cretácico Superior)
      2. Paleontólogos argentinos hallaron el primer titanosaurio en la Antártida

        PALEONTÓLOGOS EN LA ANTÁRTIDA, CAPÍTULO 4





        TECtv La Señal de la Ciencia (5 -noviembre 2014), Paleontólogos en la Antártida- Capítulo 4: El plesiosaurio, [archivo de video]. Disponible en  https://www.youtube.com/watch?v=WzyIeo3McIk

        Publicaciones relacionadas que enriquecen el video


        miércoles, 18 de mayo de 2016

        Descubren ave gigante de 50 millones de años en la Antártida

        CON LA MAYOR ENVERGADURA ALAR DE LA QUE SE TENGA REGISTRO
        Descubren ave gigante de 50 millones de años en la Antártida


        Superaba cómodamente los seis metros de extensión con sus alas abiertas. Podía recorrer grandes distancias sobre los mares y cazaba peces durante vuelos rasantes. Sus restos fueron encontrados por paleontólogos argentinos cerca de la base Marambio.


        Hubo una época de gigantes en el continente que ahora está cubierto de hielo, puesto que allí los pelagornítidos -así se llamaban estas aves que alcanzaron dimensiones descomunales y tenían un aspecto semejante a los actuales albatros- llegaron a convivir, también, con pingüinos que podían superar los dos metros de estatura.





        El paleontólogo y actual director del Museo de Historia Natural de La Pampa Marcos Cenizo comentó a la Agencia CTyS-UNLaM que “la longitud del húmero de este ejemplar antártico es algo mayor que la del Pelagornis sandersi, que era el ave con mayor envergadura alar de la que se tuviera registro hasta el momento y que había sido dada a conocer el año pasado por investigadores norteamericanos”.

        Este grupo de aves llegó a distribuirse por todo el mundo poco tiempo después de la extinción de los dinosaurios. “La forma de sus alas les permitía planear y atravesar grandes distancias sobre los océanos; además, tenían huesos muy livianos y tomaban altura aprovechando las corrientes de aire, casi como si fueran un barrilete”, explicó Cenizo, especialista en aves y uno de los autores del estudio publicado en la revista científica Journal of Paleontology.


        Los restos de este espécimen gigantesco descansaron durante años en los anaqueles del Museo de La Plata (MLP). “En la campaña antártica del verano de 2014, se encontró el húmero de un pelagornítido y ello nos motivó a revisar todos los materiales acumulados de este grupo, entre los cuales se encontraba este ejemplar gigantesco”, aseveró Cenizo.


        “Ahora, sabemos que en la Antártida existieron dos grupos de pelagornítidos: uno de ellos estaba compuesto por aves que no superaban los 5 metros de envergadura alar, mientras el otro tenía representantes gigantes que podían alcanzar entre seis y siete metros”, detalló la doctora Carolina Acosta Hopitaleche. Y anticipó: “En el último verano, encontramos más fósiles que permitirán incrementar el conocimiento que tenemos sobre estas especies”.

        Cenizo agregó que “hay evidencias de que, hace 50 millones de años, se inició un período de calentamiento de la temperatura de los océanos, el cual provocó seguramente una gran productividad biológica de los mares antárticos y permitió que los pelagornítidos y los pingüinos tuvieran alimento suficiente para poder desarrollar tamaños tan gigantescos”.

        Para sujetar su alimento, los pelagornítidos tenían unos pseudodientes. “Se trataba de unas expansiones óseas en sus picos, pero no tenían la capacidad de mordida de aquellos pingüinos gigantes con los que convivieron, ya sus huesos del rostro no estaban preparados para tener mucha resistencia; posiblemente, tenían una alimentación parecida a la de un pelícano actual, que se abastece de animales blandos, como calamares o peces”, observó la investigadora Acosta Hospitaleche del MLP y del CONICET.


        Estas grandes aves se extinguieron hace unos 3 millones de años y tuvieron una gran influencia en sus ecosistemas, no solo porque eran de gran tamaño, sino porque también habrían sido bastante abundantes. “Es posible que formaran colonias en zonas alejadas de los depredadores, como en pequeñas islas o islotes, de forma similar a lo que acostumbran actualmente los albatros y otras grandes aves marinas; y aun no existían las focas ni los lobos marinos para competir con ellos por el alimento”, describió Cenizo.

        El doctor Marcelo Reguero, investigador del MLP y director de las campañas paleontológicas del Instituto Antártico Argentino, valoró: “Gracias a las expediciones que realizamos todos los años, tenemos una reconstrucción ambiental bastante acertada de cómo eran las formaciones llamadas la Meseta y la Submeseta, ubicadas en cercanía a la base Marambio y que cubren el lapso que abarca desde los 50 millones de años de antigüedad hasta los 35 millones de años aproximadamente”.


        “Había allí un ambiente costero, poblado de muchas especies de pingüinos y gaviotas, y muy próxima a esa costa había un ambiente boscoso habitado por comadrejitas, marsupiales del tamaño de un ratón, ungulados ya extintos del tamaño de una oveja y allí también encontramos hace poco al falcónido más antiguo del mundo”, enumeró Reguero a la Agencia CTyS-UNLaM. Y compartió: “En tanto, en los mares, vivían tiburones, ballenas primitivas y muchos invertebrados”.
        Los gigantes descubiertos por investigadores argentinos

        Este pelagornítido de más de seis metros de envergadura alar se suma al listado de gigantes hallados por paleontólogos argentinos. En 2010, la doctora Carolina Acosta Hospitaleche dio a conocer al pingüino más grande del que se tenga registro, el cual superaba los dos metros de altura.


        De estatura semejante era el oso gigante que vivió hace no más de un millón de años cerca de donde hoy se ubica la ciudad de La Plata y que fue descubierto por el doctor Leopoldo Soibelzon del MLP en 2011. Y si de gigantes hablamos, debemos mencionar al dinosaurio más grande de todos los tiempos, que midió cerca de 40 metros y cuyo estudio encabeza el doctor José Luis Carballido del CONICET y del Museo Egidio Feruglio.

        En tanto, el pelagornítido hallado en la Antártida cuenta con la mayor envergadura alar de la que se tenga conocimiento. “Sin embargo, era un ave extremadamente ligera para su tamaño, casi como una pluma, que solo pesaba unos 30 o 35 kilos como máximo”, consideró Marcos Cenizo. Y comparó: “En el año 1979, los investigadores Eduardo Tonni y Rosendo Pascual hallaron en La Pampa un ave gigante a la que llamaron Argentavis magnificens y que, si bien tenía menor extensión con sus alas abiertas, era mucho más robusta y la superaba en peso”.

        Al respecto, Cenizo aclaró que “sería como cotejar a un albatros con un cóndor: el albatros tiene mayor envergadura alar, pero el cóndor es mucho más pesado y, de la misma manera, la masa del Argentavis era considerablemente mayor a la de los pelagornítidos gigantes”.

        Consultado sobre qué extensión alar pudo haber tenido el ave gigantesca hallada en la Antártida, Cenizo estimó: “No tenemos su esqueleto completo para poder ser precisos, pero el pelagornítido más grande conocido anteriormente medía 6,40 metros con sus alas abiertas con un cálculo conservador, en tanto que el ejemplar que estudiamos nosotros tiene el húmero un poco más grande y éste es un hueso bastante confiable para determinar el tamaño alar en las aves”.

        Fuente: 


        Para los que deseen leer el trabajo mencionado en esta publicación del Journal of Paleontology pueden hacerlo con el siguiente enlace

        Marcos Cenizo, Carolina Acosta Hospitaleche and Marcelo Reguero, Journal of Paleontology, September 2015, Diversity of pseudo-toothed birds (Pelagornithidae) from the Eocene of Antarctica, pp 870-881


        martes, 3 de mayo de 2016

        Osos y aves gigantescos: las últimas novedades de la mano de paleontólogos del CONICET


        En el mes de abril (2016) coincidieron las publicaciones de dos importantes hallazgos con participación de investigadores de nuestra ciudad

        Carolina Acosta Hospitaleche - Leopoldo Soibelzon

        Las últimas semanas trajeron curiosas noticias paleontológicas que contaron con la participación de científicos del CONICET en el Museo de La Plata: por un lado, que los gigantescos osos que hace más de 10 mil años habitaron los hemisferios sur y norte no eran parientes tan cercanos como se creía y, por el otro, que definitivamente en la Antártida existieron los pelagornítidos, aves de 7 metros de ancho que tuvieron su apogeo hace 35 millones de años. Ambas novedades se dieron a conocer en las revistas Biological Letters y Journal of Paleontology, respectivamente.

        Un caso de convergencia morfológica

        En cuanto a los osos las noticias son dos: la aplicación con éxito de una técnica de biología molecular utilizando ADN antiguo que más de una vez se había intentado de manera infructuosa y, además, el resultado en sí mismo, que viene a contradecir a la hipótesis reinante sobre el parentesco de los úrsidos, tal el nombre científico de la familia a la que pertenecen estos mamíferos. Según la bibliografía vigente hasta el presente, los dos géneros que vivieron en América del Sur y en América del Norte, Arctotherium y Arctodus, tuvieron un antecesor común y luego se diferenciaron. Sin embargo, a la luz de los nuevos análisis filogenéticos, es decir, acerca de sus relaciones evolutivas, ahora se sabe que surgieron de manera independiente, cada uno en un hemisferio distinto.

        “Lo que se pensaba era que ambos formaban parte de un mismo grupo, y que luego las condiciones de cada lugar los llevaron a diferenciarse en dos géneros. Eso no fue así; directamente pertenecían a grupos distintos. Es decir, creíamos que eran hermanos, pero vemos que son más bien primos”, explica Leopoldo Soibelzon, investigador independiente del CONICET y uno de los autores de la publicación. El fundamento de aquella hipótesis siempre fue el parecido que tenían a nivel morfológico. Tanto Arctotherium como Arctodus fueron animales enormes que llegaron a pesar mil kilos y a medir 4 metros y medio estando erguidos. “Nosotros no nos damos una idea de estas proporciones, porque no estamos acostumbrados a convivir con osos, pero han sido ejemplares realmente espeluznantes”, apunta.

        ¿Y por qué guardaban semejanzas a cada lado del planeta si resultaron no estar tan emparentados? “Con este descubrimiento, podemos deducir que tiene que haber sido debido a factores externos como la disposición del alimento y la presencia de otros carnívoros. Evidentemente, en ambas regiones geográficas la configuración de los ecosistemas fue parecida, y en su evolución los llevó a adquirir características similares, en lo que se denomina ‘convergencia morfológica’”, detalla Soibelzon.

        En un principio estos grandes mamíferos sólo existían en América del Norte, y comenzaron a llegar al sur hace unos 3 millones de años durante el Gran Intercambio Biótico Americano, como se conoce a la migración de diferentes especies a través del istmo de Panamá cuando los continentes se unieron. En esta parte del mundo se encontraron con una fauna muy variada de herbívoros que no contaba con carnívoros de gran tamaño, y por lo tanto probablemente la competencia por el alimento era muy baja, lo cual les permitió alcanzar las enormes dimensiones que los caracterizaron. “Al mismo tiempo, los que quedaron en su lugar de origen también se tornaron gigantescos, pero como consecuencia de presiones ambientales en aquellas latitudes”, reflexiona el paleontólogo.

        Estos animales vivieron en América del Sur hace entre 2 millones y 10 mil años, cuando desaparecieron como tales. Y es que a lo largo de su evolución, las especies dentro de Arctotherium tendieron a hacerse cada vez más pequeñas y a adquirir hábitos herbívoros. En la actualidad el género está representado únicamente por Tremarctos ornatus, conocido como oso de anteojos, con ejemplares que alcanzan un peso máximo de 125 kilos de alimentación omnívora pero con un alto contenido de vegetales en su dieta.

        Los análisis que derivaron en estas conclusiones se realizaron en Australia a partir de un fémur hallado en la Cueva del Puma, al sur de Chile, donde el estado de conservación del hueso permitió extraer colágeno de su interior, la única molécula a través de la cual se puede obtener información genética de fósiles tan primitivos. “En nuestro país, restos de estos animales han aparecido en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, San Luis, Entre Ríos y Catamarca, pero las condiciones de preservación no han sido favorables y por ende nunca fue posible aplicar técnicas de ADN antiguo”, añade el investigador.

        Aves marinas presentes en el polo sur

        La otra novedad paleontológica consiste en el hallazgo en territorio antártico de restos de pelagornítidos, aves marinas extintas cuya existencia en esa parte del mundo se sospechaba pero no terminaba de confirmarse. Estos pájaros primitivos se caracterizaban por su gran tamaño y por poseer pseudo dientes en el borde del pico. Si bien se conocía su presencia en otras partes del planeta, hasta ahora la evidencia recogida en el continente blanco no permitía asegurar que también allí se hubieran establecido. Finalmente, se acaba de comprobar que sí lo hicieron, y durante muchísimo tiempo: entre 34 y 50 millones de años atrás, durante el Eoceno de Antártida.

        “Los estudios también nos revelan que hubo al menos dos especies de pelagornítidos: unos grandes, de 5 metros de ancho con las alas abiertas, y otros gigantes, con hasta 7 metros en la misma medida”, cuenta Carolina Acosta Hospitaleche, investigadora independiente del CONICET y participante de la investigación. Estas aves, señala la especialista, coexistieron en esa parte del planeta junto con pingüinos y albatros, pero no se adaptaron tan exitosamente como aquellos a los cambios del medio ambiente, y desaparecieron 2 millones y medio de años atrás. Su apogeo, en tanto, había sido muchísimo tiempo antes: hace unos 40 millones de años, mientras no tuvieron competidores directos.

        “Su característica principal era tener pseudo dientes o dientes falsos, que en realidad eran prolongaciones óseas en la punta del pico que los ayudaban a sostener el alimento”, describe Acosta Hospitaleche, y continúa: “No capturaban presas sumergidos bajo en el agua, como hacen los pingüinos, ya que su mandíbula no tenía fuerza suficiente para ejercer semejante presión. Lo hacían, en cambio, con un vuelo rasante, atrapando peces en la superficie”. Cabe destacar que en aquellos remotos tiempos el clima en la Antártida no era polar como en el presente. “De hecho no estaba cubierto de hielo e incluso había bosques, similar a las condiciones actuales de la provincia de Tierra del Fuego. Era más bien templado frío”, apunta.

        Los estudios comparativos que dieron lugar a la presente publicación se realizaron en el Museo de La Plata principalmente con restos de picos y húmeros –huesos que permitieron medir las alas- hallados en campañas antárticas de hace tres años. También se utilizaron algunos materiales guardados en la colección en la última década y media. “Este verano estuvimos allá nuevamente y recolectamos gran cantidad de fósiles, con lo cual en los próximos meses nos abocaremos a su análisis para tener más información al respecto”, cuenta la especialista.

        Teniendo en cuenta la extraordinaria antigüedad de los restos, Acosta Hospitaleche enfatiza las complicaciones a la hora de estudiarlos, especialmente “debido a que no se trata de esqueletos completos, con lo cual las comparaciones son sólo parciales, algo que dificulta la asignación de los fósiles a las especies ya conocidas, o la posibilidad de proponer otras nuevas”, según sus palabras.

        Fuente: 
        Mercedes Benialgo (28-04-2016), Osos y aves gigantescos: las últimas novedades de la mano de paleontólogos del CONICET, CONICET-La Plata, disponible en http://www.laplata-conicet.gov.ar/osos-y-aves-gigantescos-las-ultimas-novedades-de-la-mano-de-paleontologos-del-conicet-2/

        jueves, 17 de diciembre de 2015

        Reconstruyendo el rompecabezas de la fauna antártica (Cretácico Superior)


        “En lo que respecta al desarrollo de la paleontología, y en particular en el conocimiento de la historia de la evolución de la Antártida, Argentina viene dando ‘puntadas con hilo’ y ocupa un lugar preponderante. Habla muy bien del desarrollo académico que tiene nuestro país y hay que sostenerlo” Novas (en Leone, 2015)


        “Toda esta fauna que estamos agregando y empezando a dar a conocer forma parte de esa fauna sureña, llamada Weddeliana. Los autores de estos hallazgos somos argentinos y por eso estamos orgullosos” Novas (en Leone, 2015)


        Investigadores del CONICET
        reportaron el hallazgo de un dinosaurio y
        un reptil marino del continente más austral.
        PDF para descargar

        Hace 70 millones de años, en el período Cretácico, la Antártida no se parecía en nada a la gran masa de hielo que se conoce hoy en día. En aquel momento estaba parcialmente cubierta por mares poco profundos que no eran fríos como los actuales. Los continentes estaban mucho más cercanos entre sí y las aguas que cubrían el continente Antártico eran menos profundas y más cálidas, por lo que eran habitadas por invertebrados y reptiles como mosasaurios, plesiosaurios y tortugas.


        Movimiento de las placas tectónicas:
        las imágenes muestran el cambio desde el Período Pérmico de la Era Paleozoica, hasta hoy. 



        "El ambiente terrestre esos tiempos estaría conformado por las selvas de Nothofagus, bajo un clima muy húmedo y templado a fresco-templado , condiciones libres de heladas y de alta precipitación. Anillos de crecimiento bien definidos dentro de muestras de madera fósiles recuperados muestran que el clima era marcadamente estacional." Rozadilla- Agnolin - Novas - Aranciaga Rolando - Motta- Lirio - Isasi (2015)



        Mapa que muestra la localidad fosilífera y la columna estratigráfica del sitio. La localidad se indica con una silueta. Rozadilla- Agnolin - Novas - Aranciaga Rolando - Motta- Lirio - Isasi (2015)

        Desde el año 1998 el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN, CONICET) y el Instituto Antártico Argentino (IAA) mantienen proyectos de cooperación para la búsqueda de restos fósiles de vertebrados en el noreste de la Península Antártica, más específicamente en las islas Vega y James Ross.

        En ese marco, recientemente realizaron expediciones que estuvieron a cargo de Juan M. Lirio, geólogo del IAA familiarizado con las rocas que afloran en la región, y de Marcelo Isasi, profesional principal del CONICET en el MACN. En esos viajes hallaron distintos restos fósiles que luego Fernando Novas, investigador principal del CONICET en el MACN describió junto a su equipo.

        Según Novas (en Leone, 2015)  “el grupo de trabajo ha tenido la fortuna de recorrer rocas del Período Cretácico, que es el último de los períodos en que se divide la Era Mesozoica, conocida como ‘la Edad de Oro de los Reptiles’ y descubrir restos fósiles de distintos grupos de vertebrados que habitaron el medio acuático -tortugas, mosasaurios y plesiosaurios- y el medio terrestre –dinosaurios y otros reptiles- y aves que sobrevolaban el continente y la superficie del mar, hace 70 a 80 millones de años atrás”.  El paleontólogo explica que hace 15 años se logró el hallazgo que fue la punta del iceberg, un cráneo de mosasaurio -reptil marino-. Esto permitió el descubrimiento de  toda una fauna de vertebrados propia de la región polar. Más recientemente hallaron fósiles de una tortuga, un plesiosaurio -reptil marino- y de un dinosaurio que cubren un lapso de diez millones de años.

        En un equipo todos son importante y cada integrante aporta su colaboración desde su especialidad para lograr así el mejor  resultado. Lirio destaca el trabajo técnico en la Antártida realizado por Isasi, quien debió trabajar a contratiempo bajo la inclemencia del clima polar para recuperar las piezas muy fragmentadas.

        “La nieve cubre la superficie donde uno camina observando los indicios fósiles. Dependemos del clima para la extracción y la prospección. Nos deja un helicóptero 50 días y hay que regular el trabajo. Además, los fósiles están muy fragmentados porque la nieve va quebrando las rocas y el permafrost que es la tierra de ahí que se congela y descongela generando fracturas en los huesos fósiles. Requerimos de una gran logística para que los materiales puedan ser extraídos y lleguen al laboratorio”, aclara Isasi (en Leone , 2015).

        Una vez que los fósiles fueron traídos al MACN, Isasi y otros técnicos del taller de paleontología comenzaron a preparar los huesos craquelados, por las causas que antes explicadas . Posteriormente, Novas y su equipo  realizaron los estudios anatómicos y pudieron hacer a continuación la descripción científica de los ejemplares antárticos.

        En esta última expedición descubrieron fragmentos de un reptil marino y de la pata de un nuevo dinosaurio. Los especialistas destacan que no es común encontrar reptiles terrestres en la Antártida dado que los sedimentos son marinos, y por eso les llamó la atención.

        “Se llama Morrosaurus antarcticus porque se lo encontró en la península de El Morro en la Isla James Ross. Pertenece a un grupo de dinosaurios herbívoros ornitisquios – conocidos como los dinosaurios de cadera de ave- que era un grupo raro dentro de lo que era el supercontinente de Gondwana en el Cretácico, y no eran tan abundantes como los saurópodos, por ejemplo. Posee características anatómicas que se relacionan con dinosaurios de Patagonia que también pertenecen a este grupo. El miembro posterior nos muestra que eran animales esbeltos y adaptados a la carrera. Tendrían alrededor de 4 o 5 metros de largo” Rozadilla (en Leone, 2015), quien es investigador del MACN, miembro del equipo de Novas, y también el autor de la ilustración de este animal.

        "Es un hallazgo importante que nos permite armar mejor el rompecabezas de la fauna de la Antártida cuando estaba unida a otros continentes como Oceanía y parcialmente al actual territorio de la Argentina. La Antártida empezó a tener grandes masas de hielo hace 40 millones de años"  Agnolín (en Clarín, 2015)

        En este sentido los científicos explican que este hallazgo les permite inferir que había conexiones entre la fauna de Sudamérica, más particularmente de la Patagonia, con la del continente Antártico. Existían reportes de esta unión con la fauna marina y ahora hay más evidencias de que pasaba algo semejante con la fauna terrestre. Este nuevo ejemplar se parece al Talenkauen santacrucensis, un dinosaurio herbívoro que fue descubierto por el equipo de Novas en la provincia de Santa Cruz. Fue hallado en rocas del Cretácico Superior de una edad semejante, y es comparable al ejemplar de la Antártida.

        Representación del árbol filogenético con las posibles interrelaciones de iguanodontian. Rozadilla- Agnolin - Novas - Aranciaga Rolando - Motta- Lirio - Isasi (2015)
        "Morrosaurus constituye una adición importante al conocimiento de los ornitópodos de Gondwana, particularmente taxones de Antártida. Sin embargo, estos últimos siguen siendo muy mal conocidos y varios son registrados mediante esqueletos incompletos. Al respecto de esto, los análisis más detallados, así como hallazgos de nuevos ejemplares aumentará nuestro conocimiento de sus sistemática y distribución paleobiogeográfica" Rozadilla- Agnolin - Novas - Aranciaga Rolando - Motta- Lirio - Isasi (2015)

        “Nos llamó la atención darnos cuenta de que una y otra vez en Antártida se descubren con restos fósiles de este linaje de dinosaurios herbívoros: ornitisquios ornitópodos. Eran de andar bípedo y se alimentaban probablemente de plantas comparables a las que hoy crecen en los Andes del sur. Antártida era un continente que estaba conectado parcialmente con la Patagonia y por lo tanto los animales y las plantas también se dispersaban por los dos continentes. Los dinosaurios no fueron la excepción e incluso hasta habrían llegado a Australia y Nueva Zelanda. Eran millones de kilómetros cuadrados, extensiones gigantescas en las que existían variaciones climáticas y geográficas, pero que a pesar de todo compartían una fauna y flora comparables”, agrega Novas (en Leone, 2015).

        En la misma expedición se descubrieron otros restos pertenecientes a un plesiosaurio, un gran reptil depredador que habitaba los mares prehistóricos. Este hallazgo es muy importante porque es el primer espécimen de la familia Polycotylidae descubierto en la Antártida y nuevamente se muestra una conexión con la fauna patagónica, ya que en esta región se habían encontrado previamente un cráneo de esta familia de plesiosaurios.

        "Encontramos los restos de la columna vertebral, la cadera y las patas de atrás. Es el primer hallazgo de ese tipo de plesiosaurio, que usaba el olfato cuando cazaba. Es una rareza, porque la mayoría de los plesiosaurios tienen cuellos largos, y el que descubrimos en la Antártida tiene cuello corto. Esta especie también desapareció en la misma época que los grandes dinosaurios" Agnolín (en Clarín, 2015)

        “Los policotílidos no son los más abundantes. Tienen los isquiones -huesos de la pelvis- más robustos y en forma de ‘v’, eso nos permitió diferenciarlos del resto de los plesiosaurios. Tenían la cabeza pequeña y el rostro alargado con dientes filosos, por lo que creemos que se alimentaban enterrando el hocico en el barro para buscar invertebrados. Esto los diferenciaba de la mayoría de los plesiosaurios que se encuentran en la Antártida, que son de cuello más largo”, afirma Julia D’Angelo (en Leone, 2015), quien es investigadora del MACN.

        En el marco del Plan Anual Antártico este verano unos 20 paleontólogos argentinos partirán nuevamente al continente Antártico en búsqueda de nuevos restos para desentramar la historia de la evolución de esa región y de Sudamérica.


        Fuente:
        Leone, Cecilia (2015), Reconstruyendo el rompecabezas de la fauna antártica, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, disponible en 
        http://www.conicet.gov.ar/reconstruyendo-el-rompecabezas-de-la-fauna-antartica/

        Rozadilla, S - Agnolin, F. L - Novas, F. E - Aranciaga Rolando, A. M - Motta M. J -  Lirio, J. M - Isasi, M. P (2015),  A new ornithopod (Dinosauria, Ornithischia) from the Upper Cretaceous of Antarctica and its palaeobiogeographical implications, disponible en
        https://www.researchgate.net/publication/282294611_A_new_ornithopod_Dinosauria_Ornithischia_from_the_Upper_Cretaceous_of_Antarctica_and_its_palaeobiogeographical_implications 

        también en http://ac.els-cdn.com/S0195667115300677/1-s2.0-S0195667115300677-main.pdf?_tid=1280e632-a590-11e5-8602-00000aacb361&acdnat=1450447571_fcc4e6e10b08d785c405683eea098bd8

        Clarín (17-12-2015),  Hallan un dinosaurio que vivió en la Antártida cuando había bosques, disponible en
        http://www.clarin.com/sociedad/dinosaurio-plesiosaurio-paleontologia-Antartida-ciencia_argentina-Conicet_0_1487251512.html

        Para saber un poco más sobre