Blog que forma parte del proyecto educativo creado por la profesora María Alicia Andechaga. Tiene como objetivo compartir materiales e información sobre el lugar donde viven sus alumnos y la Antártida luego de charlar, analizar y elegir datos pertinentes sobre el tema. Además permite observar como las acciones del hombre en un lugar determinado pueden modificar otros más distantes de su residencia.
Argentina fue el primer país del mundo en instalarse en el sector antártico y es el único con más de 100 años de presencia ininterrumpida. La Administración de Parques Nacionales está ligada a esta historia de dos formas, la primera es compartir un “mentor” en común. Fue el Perito Don Francisco Pascasio Moreno quien a fines de 1903, luego de insistir en la importancia científica y política de instalar un observatorio meteorológico y geomagnético en la Isla Laurie del archipiélago de las Islas Orcadas del Sur, logró que se firmara un decreto a partir del cual se creó el “Observatorio Meteorológico y Geomagnético de las Islas Orcadas del Sur” y se envió a la primera dotación argentina, que tomó posesión del Observatorio el 22 de febrero de 1904.
Por otro lado, a partir un convenio firmado con la Dirección Nacional del Antártico, desde el año 1990, ininterrumpidamente la Administración de Parques Nacionales realiza la selección de Guardaparques mediante concurso de antecedentes para participar en las campañas de verano e invernada en las Bases Antárticas Orcadas, Carlini (ex Jubany)y Esperanza. Es así que Argentina se convirtió en el primer país del mundo en enviar Guardaparques sistemáticamente al área de conservación internacional mas importante del mundo.
Tareas que se desarrollan
El trabajo de los guardaparques consiste en recolectar muestras biológicas en el terreno, realizar censos sistemáticos de las poblaciones de las aves y los mamíferos que anualmente arriban al continente.
Entre los meses de agosto y mayo se concentran la mayoría de los trabajos de campo. Por ejemplo, anualmente se pesan en cada base 1600 pingüinos adelia y barbijo entre adultos y pichones al comienzo y al final de la temporada de reproducción. Se obtienen muestras de contenido estomacal para determinar variaciones en la dieta, que comparadas con muestras de años anteriores, permiten detectar cambios en las poblaciones de Krill.
Por medio de conteo de nidos e individuos en sectores de las pingüineras, marcadas desde el año 1988, se pueden establecer tendencias poblacionales de estas especies y compararlas con resultados de otras bases argentinas o de otros miembros de la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos.
Uno de los trabajos más interesantes es el que se realiza con la focas de weddel de la cual se toman muestras de sangre y leche de durante la época de parición y lactancia, entre agosto y noviembre. Para ello deben desplazarse con esquíes de travesía por el mar congelado y detectar los agujeros por donde salen a respirar.
Semanalmente, durante todo el año, realizan censos de aves voladoras y mamíferos.
El volumen de muestras y la cantidad de datos acumulados durante el año, hacen que se ocupen algunas horas del día para procesar, envasar y congelar las muestras y asentar los datos en planillas.
Con respecto a los trabajos de geofísica, se concentran en actividades de gabinete. Estos consisten en controlar diariamente el normal funcionamiento de los equipos y realizar copias de seguridad de los datos periódicamente.
Desde el gabinete de geofísica se registran los datos del sismógrafo perteneciente al Instituto de Oceanografía y Geofísica Experimentalta (OGS) de Trieste, Italia, y del receptor del sistema de posicionamiento global (GPS, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Memphis, Estados Unidos. Estos organismos extranjeros tienen convenios con el Instituto Antártico y realizan estudios similares en otras bases argentinas.
La estación sismológica forma parte de una red mundial y la OGS, a través de convenios con la Dirección Nacional del Antártico y el CONICET, opera estaciones similares en las Bases Carlini y Esperanza, en el Parque Nacional Tierra del Fuego y en Río Grande, Tierra del Fuego.
El análisis de los datos obtenidos sirve para interpretar detalles de la dinámica de la tectónica de placas, que originan los movimientos sísmicos. El proyecto de geodesia, también relacionado al movimiento de las placas continentales, apunta a medir en forma muy precisa la deriva, por llamarlo de una forma simple, a la que está sometida la Isla Laurie y todo el archipiélago de las Orcadas. También funcionan estaciones en la Base Carlini y en el Parque Nacional Lihué Calel, en La Pampa.
Normalmente, la operación de estos equipos no presenta mayores dificultades, salvo inconvenientes técnicos ocasionados por las rigurosas condiciones ambientales, como el congelamiento del receptor de GPS ubicado en el filo del Co. Mossman por temperaturas inferiores a lo habitual, como en el año 2003 que en junio la temperatura descendió a -34ºc y la sensación térmica rondó los -72ºc, o el sismo de 7,5 puntos en la escala de Richter ocurrido el 4 de agosto del mismo año. Este tipo de acontecimientos generan que los instrumentos y sus alojamientos deban ser controlados o reprogramados en el terreno.
Todas las planillas donde se registran los datos, las muestras biológicas y los discos compactos con la información sismológica y geodésica, son entregados a los investigadores del Instituto Antártico Argentino al regreso de la campaña, quienes analizan las muestras junto a los datos de los trabajos de campo y elaboran los informes que luego son publicados, compartidos con otros organismos nacionales o extranjeros y finalmente son presentados en reuniones científicas internacionales, cerrando así un trabajo en conjunto.
Fuente
Administración de Parques Nacionales, Argentina, "Guardaparques en la Antártida", disponible en
"De las especies actuales de ballenas, la franca es la que más cerca de la extinción ha llegado. Tras haber casi exterminado, durante los siglos XVIII y XIX, a las poblaciones de la ballena franca septentrional (especie afín del Hemisferio Norte) las flotas balleneras se dirigieron hacia los mares australes, dedicándose a cazar a la ballena franca austral. Se calcula que al inicio de la matanza vivían unos 100 mil ejemplares, número que se redujo drásticamente, al punto que en la actualidad se estima en unos 7 mil ejemplares. El hecho de que las hembras tienen una cría cada tres años, explica en parte, la lenta recuperación de sus poblaciones. Hoy existen otras amenazas para esta especie: la contaminación en los mares y océanos y las infracciones que puedan cometer las embarcaciones que se dedican a la práctica turística del avistaje de ballenas. Para protegerla de su extinción, nuestro país la declaró Monumento Natural Nacional en 1984." (Administración de Parques Nacionales Argentina)
Pero esa medida, muy importante y necesaria, ¿fue suficiente? ¿se logró proteger a la ballena?
Los invito a leer la nota que fue publicada en NEXCIENCIA.EXACTAS.UBA.AR y posteriormente mirar con mucha atención el video LAS BALLENAS FRANCAS AUSTRALES DE ARGENTINA
================================================ Basura: el plato del día de la gaviota cocinera Pájaro que comió…
Los desechos siguen siendo un problema que precisa una solución. En la Patagonia, los basurales a cielo abierto y los descartes pesqueros son alimento de fácil disponibilidad para la gaviota cocinera. Este recurso parecería estar asociado con el aumento poblacional de la especie, que se ha observado en los últimos años, lo cual traería aparejados diversos problemas para el hombre y el ambiente.
La gaviota cocinera es un ave que tiene la posibilidad de comer una gran variedad de alimentos. Tiene la capacidad, como los humanos, de comer de todo y adaptarse a cualquier ambiente. Es lo que en ecología se denomina especie generalista. Foto: John Haslam.
En nuestro país se generan más de 14 millones de toneladas de basura al año. En general, toda esa enorme cantidad de residuos urbanos es acumulada en rellenos sanitarios y, en el peor de los casos, en basurales a cielo abierto. Muchas son las palabras que se han escrito acerca del impacto que genera la basura en el ambiente: contaminación de aguas subterráneas, empobrecimiento del suelo, foco de enfermedades, generación de olores y pérdida de la belleza del paisaje.
Sin embargo, la acumulación de basura puede traer problemas quizás impensados e impactar directamente sobre el normal funcionamiento del ecosistema. Este es el caso de la llamada gaviota cocinera (Larus dominicanus) en la costa patagónica, cuya población ha ido en aumento en las dos últimas décadas. “Se cree que en mayor medida el crecimiento poblacional se debe a la disponibilidad de alimento que encuentran en los basurales pesqueros y urbanos de la región”, comenta el doctor Pablo Yorio, investigador principal del CONICET en el Centro Nacional Patagónico (CENPAT). El problema está en que la interacción de esta especie con el hombre puede traer aparejados inconvenientes tales como transmisión de enfermedades e incluso afectar a otras especies de la región
Residuos en la costa patagónica
Al ingresar a Puerto Madryn, el paisaje habla por sí mismo. A la vista: un enorme basural a cielo abierto donde se deposita la mayoría de los residuos urbanos de la región. En esta localidad turística de la Argentina, según datos de la Secretaría de Turismo, arriban desde hace varios años alrededor de 100 mil personas en cada temporada, duplicando la población estable. Y con esa enorme cantidad de turistas vienen también, inevitablemente, sus residuos…
Los basurales (que aumentaron por el crecimiento de la población en la costa de Chubut), sumados a los residuos de la actividad pesquera, quedan a disposición de las aves que pueden aprovecharlos como alimento. Foto: www.prensa.argentina.ar
La basura no solo aumenta por el crecimiento de la población sino también a causa de una de las actividades económicas más importantes de la región: la pesca. A lo largo de la costa patagónica existen más de treinta plantas de tratamiento que arrojan los descartes pesqueros junto con los residuos urbanos o los depositan en otras zonas a cielo abierto. Estos desechos, además de su impacto sobre el ambiente –como la contaminación de las aguas, la tierra y el aire– quedan a disposición de las aves, que los aprovechan como alimento.
Tenedor libre
“Amanecía, y el nuevo sol pintaba de oro las ondas de un mar tranquilo. Chapoteaba un pesquero a un kilómetro de la costa cuando, de pronto, rasgó el aire la voz llamando a la Bandada de la Comida y una multitud de mil gaviotas se aglomeró para regatear y luchar por cada pizca de alimento.” Así comienza el famoso libro Juan Salvador Gaviota del escritor norteamericano Richard Bach. Un escenario muy similar es posible encontrar en la costa del Atlántico donde habita la gaviota cocinera junto a otras aves marinas. El grupo de investigación dirigido por Pablo Yorio ha dedicado mucho trabajo a estudiar la ecología de la gaviota cocinera, entre otras razones, por su abundancia. “Esta especie está ampliamente distribuida, llega a ocupar hasta 5000 kilómetros de costa, desde la provincia de Buenos Aires hasta la Antártida, y es la más abundante en comparación con el resto de las especies de gaviotas”, comenta Yorio.
La gaviota cocinera, tal como lo propone su nombre, es un ave que tiene la posibilidad de comer una gran variedad de alimentos. A diferencia de otros animales que sobreviven con un solo tipo de vianda, la gaviota tiene la capacidad, como los humanos, de comer de todo y adaptarse a cualquier ambiente. En ecología se dice que la especie es generalista, porque consume diversos tipos de alimentos, y oportunista, porque puede adaptarse y sobrevivir en diversos ambientes.
Esa estrategia alimentaria ha permitido que la gaviota incursione en fuentes de alimento que son proporcionadas por el hombre. Y cuando se habla de que pueden comer de todo es porque, también, pueden comer basura. “No todas las especies de aves marinas pueden alimentarse de los residuos urbanos. Hay una cantidad un poco mayor de aves marinas que aprovechan los residuos pesqueros, pero la gaviota cocinera, por sus características de ecología alimentaria, es una de las que más lo hace”, aclara Yorio.
Por otro lado, el investigador agrega: “Si el alimento es uno de los factores reguladores primarios para muchos organismos animales y en las aves marinas es uno de los factores de regulación poblacional por excelencia, es esperable que, si la especie pasa a tener una gran cantidad de alimento disponible, que no solo es abundante sino que además es predecible en tiempo y espacio, eso vaya a repercutir a nivel demográfico”. Según explica, las fuentes de alimento que proporciona el hombre son de fácil acceso para las gaviotas tanto porque su ubicación es siempre la misma como porque siempre están presentes.
Además, en el caso particular de los residuos que produce la pesca, se trata de recursos alimenticios que en condiciones naturales no están disponibles para esta especie. En el mar, la gaviota se alimenta principalmente de peces, crustáceos y moluscos, que se encuentran en la superficie, mientras que los residuos pesqueros de la mayor parte de las flotas que operan en la Patagonia son descartes de merluza, un pez que habita en las profundidades.
De esta forma, la gaviota tiene a su disposición una gran cantidad de recursos. Esta situación permite que mejore la condición física y la supervivencia anual de los individuos y que aquellos más jóvenes –con poca experiencia en la búsqueda de comida– tengan comida gratis. “La hipótesis subyacente es que este alimento está sustentando el crecimiento poblacional. De hecho, los sectores que muestran un claro crecimiento sostenido son los que están asociados a los caladeros de pesca de arrastre más importantes en Patagonia, en el golfo San Matías, en Río Negro, y en el norte del golfo de San Jorge, en Chubut”, explica el investigador.
Muchas gaviotas, ¿y qué?
La facilidad de estas aves de utilizar la basura y los descartes pesqueros como alimento además de otras fuentes generadas por los seres humanos (las aguas servidas, el alimento balanceado, los recursos asociados a la agricultura), da como resultado que las gaviotas entren en contacto con el hombre. “La cercanía a las ciudades tiene dos consecuencias inmediatas”, añade Yorio.
Uno de los potenciales problemas que puede traer la gaviota cocinera en su relación con el hombre es que, dado que utilizan los basurales urbanos a cielo abierto que se encuentran en las ciudades, los aeropuertos que se hallan en ellas terminan recibiendo el efecto colateral. La presencia de aves en las cercanías de aeropuertos constituye un riesgo en todo el mundo, denominado peligro aviario, ya que pueden colisionar con los aviones y provocar incidentes en el normal funcionamiento de la operación aeronáutica. En el caso de las gaviotas, como explica el investigador, no es un problema serio como lo es con otras aves en el mundo, pero se han registrado problemas en varios aeropuertos del cono sur. “En la Argentina hay casos en Río Negro y Chubut y, por lo tanto, dentro de lo que es el manejo del aeropuerto, las autoridades deben hacer un monitoreo de las poblaciones circundantes”, completa Yorio.
El otro problema es que, al estar en contacto con residuos o fuentes de contaminación, pueden transformarse en vectores de patógenos. Se ha demostrado que la gaviota cocinera puede llevar consigo una cantidad amplia de bacterias, entre las cuales hay algunas peligrosas para el ser humano, como la Salmonella. De esta forma pueden representar un riesgo de transmisión de enfermedades e incluso contaminar cultivos de maricultura, lo cual genera un riesgo potencial no solo a la salud humana sino que también produce un impacto sobre las principales actividades económicas de la región.
Ballenas y gaviotas, en conflicto
Entre los apremios que pueden traer las aves para el hombre hay uno que es particular de la gaviota cocinera y del que se ha estado discutiendo arduamente en los últimos años. Este problema es la relación de depredación que se ha establecido entre las gaviotas y la ballena franca austral (Eubalaena australis).
Si bien aún no se sabe con certeza si el ataque de las gaviotas podría traer problemas graves a las ballenas como comprometer su salud, crecimiento (en el caso de las crías) y su supervivencia, se ha demostrado que afecta su comportamiento. Foto: Julia R Tappa Palandri/Flickr.
“Antes de la década de los setenta, la interacción entre las dos especies era la propia de un carroñero que se alimentaba de otra especie animal, ya que las gaviotas comían restos de ballenas muertas, además de alimentarse de otras presas habituales. Sin embargo, a partir de la década de los setenta, algunas gaviotas comenzaron a alimentarse de la piel y la grasa de ballenas vivas causándoles lesiones y transformando la relación en parásita”, comenta la bióloga Carina Marón, miembro del Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) quien ha trabajado directamente en el tema en cuestión.
Ambos investigadores concuerdan en que el ataque de las gaviotas hacia las ballenas tiene un impacto sobre la sensibilidad de la comunidad y los turistas que “no desean observar” cómo las ballenas, el atractivo principal de la región, son molestadas por el incesante picoteo de las gaviotas.
No obstante, ambas especies son nativas y el aprendizaje del comportamiento ha surgido naturalmente. Se cree que esta relación parasitaria ha ido en aumento en parte por el crecimiento en número de las gaviotas. “Cuando hay más, existen más chances de que un mayor número aprenda el comportamiento de ataque”, opina Marón. Sin embargo, según aclara Yorio: “No hay una clara relación entre el número de individuos y la intensidad del problema sino que es la lógica la que indica que, a mayor número, mayor intensidad, pero esa hipótesis no está demostrada”.
Por otro lado, si bien aún no se sabe con certeza si el ataque de las gaviotas podría traer problemas graves a las ballenas –como comprometer su salud, crecimiento (en el caso de las crías) y la supervivencia–, se ha demostrado que afecta su comportamiento. Estos animales gigantes y carismáticos responden a los ataques escondiéndose bajo el agua o aumentando la velocidad de natación para evitar los acosos. Así, además de modificarse la actividad normal de las ballenas, disminuye su interacción con los observadores y los turistas. Por ello, Yorio considera que, en el caso de la relación entre la gaviota cocinera y la ballena, se generó una situación que pasó a un rango de problema social.
Posibles soluciones
Como en cualquier conflicto, para proponer una adecuada solución, primero se debe conocer bien el problema. Así lo propone el investigador Pablo Yorio quien, junto a su grupo, se dedica a estudiar las variaciones demográficas de la gaviota cocinera y a entender cuánto del crecimiento poblacional que se observa se debe a causas humanas.
Por su parte, Carina Marón propone seguir estudiando la frecuencia de ataques de las gaviotas a las ballenas como fuente de información para poder encontrar soluciones. Finalmente, ambos están de acuerdo en que la reducción de los basurales a cielo abierto y el mejor tratamiento de los residuos pesqueros, a pesar de tener efectos a largo plazo, representan una solución multipropósito.
Una relación difícil
La investigadora Ana Fazio y su grupo de trabajo del CENPAT-CONICET se embarcaron durante tres años desde Puerto Pirámides para realizar avistajes con el fin de estudiar la interacción entre las gaviotas y las ballenas.
“El principal factor que influye es la edad de la ballena. Porque vemos que las más atacadas son las crías”, señala Fazio. Lo que ocurre es que las crías crecen de tamaño rápidamente y la consecuencia es que están todo el tiempo mudando de piel. Este hecho sumado a que la piel es más fina y débil que la de los adultos convierte a las crías en un blanco más fácil para las gaviotas.
“Otro factor que también afecta la frecuencia de los ataques es el viento”, agrega Fazio y prosigue: “La Patagonia es muy ventosa y las gaviotas son excelentes planeadoras por lo que pueden aprovechar el viento de manera extraordinaria. Están arriba de la ballena y, cuando esta sube a la superficie a respirar, hacen un ataque y vuelven a subir y se quedan ahí justo arriba de la ballena como si fuesen un helicóptero, pero sin gastar nada de energía. Mientras que los días que no hay viento, no tienen ese sustento que le genera el viento para volar y entonces la gaviota tiene que estar aleteando, gastando energía. Lo que pudimos ver nosotros es que en los días en los que no hay viento la cantidad de ataques es menor, ínfimo, mientras que en los días de vientos mayores, sin que sean huracanados, los ataques de las gaviotas son mayores”.
Por último, también influye la época del año. Los investigadores encontraron que existe un pico de ataques entre los meses de julio, agosto y septiembre, lo cual coincide con el mayor número de ballenas y gaviotas en el golfo.
Fuente:
Coalova, I (16-nov-2015), Pájaro que comió..., nexciencia.exactas.uba.ar , disponible en
Petrel gigante, el vigía antártico de la contaminación química
Nuestro estila de vida deja una rastro químico que llega hasta la Antártida / Ilustración cortesía de Olga de Dios
¿Te has paseado alguna vez por la Antártida? Es más que probable que tu respuesta sea ‘no.’ Sin embargo, a pesar de ser la región del planeta más remota y ajena a nuestras frenéticas vidas, la Antártida también refleja la ‘huella química’ que dejamos. Es más, justamente por sus características, el continente helado es como un ‘lienzo en blanco’ para el estudio de la acumulación de los contaminantes químicos capaces de llegar hasta allí.
Con todo tipo de aplicaciones que sustentan nuestro estilo de vida (industriales, agrícolas, alimentarias, farmacéuticas, etc.), la variedad y el volumen de productos químicos utilizados por el ser humano no ha parado de crecer en las últimas décadas. A pesar de su gran utilidad, lamentablemente se ha subestimado el gran potencial de algunos de ellos para convertirse en peligrosos contaminantes.
Ejemplo de ellos son los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), compuestos caracterizados por una gran persistencia en el medio, una alta toxicidad y por la capacidad de bio-acumularse en los organismos a lo largo de su vida. Además, pueden viajar por el aire y el agua y pasar de un medio al otro. De este modo, los mecanismos de circulación global atmosférico y oceánico los dispersan por todo el planeta.
La mayoría de los COP son sustancias que fueron sintetizadas para ser utilizadas en la agricultura, como el pesticida DDT, o por sus aplicaciones industriales o en productos de consumo. Este es el caso de algunos retardantes de llama como los PBDEs (por sus siglas en inglés), usados para prevenir que ardan, por ejemplo, elementos comunes de mobiliario y electrodomésticos o dispositivos electrónicos como los teléfonos móviles.
Afortunadamente disponemos de un convenio internacional efectivo para proteger el medio ambiente y al ser humano de estos contaminantes. El Convenio de Estocolmo, ratificado por España en 2004 –potencias como EEUU e Italia están aún pendientes de su ratificación–, se encarga de la regulación de las sustancias que identifica como COP. Se puede considerar, por ejemplo, que la utilización de la mayoría de los PBDEs cesó a escala global a partir de 2009, tras su inclusión en el Convenio. Además, la investigación sobre la contaminación química permite identificar nuevos contaminantes susceptibles de ser regulados, dotando al Convenio de una constante vitalidad.
En esta dirección, investigadores del laboratorio de Química Ambiental del Instituto de Química Orgánica del CSIC, en colaboración con la Universidad de Barcelona y el Instituto Percy FitzPatrick de Sudáfrica, han realizado un estudio que desvela nuevas claves sobre el gran potencial de la fauna antártica para mostrarnos el alcance de nuestra huella química.
Petrel sobrevolando el Atlántico / Liam Quinn
Para el puesto de bio-indicador o ‘vigilante antártico’ los investigadores seleccionaron al petrel gigante, ya que se trata de un imponente depredador que se alimenta de una alta proporción de carroña, básicamente pingüinos y focas, y de otras presas que captura en mar abierto. Estas aves presentan una amplia distribución en el hemisferio Sur y cubren distancias que pueden superar los 1.000 km para conseguir comida. Situados en lo alto de la cadena trófica, los petreles gigantes integran los COP presentes en las cadenas tróficas antárticas y de una amplísima área del hemisferio Sur.
Petrel gigante /Agencia CTyS
Así, tras determinar los niveles de distintos COP presentes en la sangre de unos 50 petreles gigantes de diversas colonias situadas entre los 62º y los 40º sur, los investigadores han comprobado que alejarse de la Antártida es sinónimo de estar más expuesto a estos contaminantes.
En general, los niveles de COP en petreles son más bajos que los encontrados en el hemisferio Norte. Los resultados sugieren que la Antártida sigue estando entre las regiones más prístinas del planeta. Sin embargo, algunos COP muestran síntomas de estar acumulándose en la región polar, lo que se explica por el fenómeno de ‘la condensación fría’, un proceso por el cual debido a las bajas temperaturas los contaminantes quedan atrapados en los polos.
También se han encontrado evidencias de que retardantes de llama aún no regulados, como algunos PBDEs todavía en uso o el Declorano Plus, pueden igualmente presentar una distribución global y son por tanto posibles candidatos a COP.
Este estudio refuerza la teoría de que el transporte a larga distancia de los COP desde sus principales fuentes de producción y uso, las zonas más industrializadas del planeta, es la principal vía de entrada de estos contaminantes en la Antártida. Ahora que sabemos lo lejos que puede llegar nuestra huella química, tenemos la responsabilidad de tratar de frenarla en la medida de nuestras posibilidades.
Variaciones en la presencia de Contaminantes Orgánicos Persistentes en plasma de petreles gigantes de distintas colonias de la región Antártica / Ilustración cortesía de Olga de Dios.
Un consumo responsable puede contribuir a minimizar la presencia de contaminantes químicos en el medio. Esto implica alejarse del consumismo descontrolado, centrarse en explotar el total de la vida útil de los productos antes de reemplazarlos, realizar una gestión adecuada de nuestros residuos, e incrementar en la medida de lo posible el consumo de productos ecológicos, con menor contenido de sustancias químicas y más sostenibles.
Arata de Bellabarba, G. (2011), “Contaminantes orgánicos persistentes (cops): Qué son y cómo afectan el medio ambiente y la salud”, Revista Venezolana de Endocrinología y Metabolismo, versión impresa ISSN 1690-3110
Los pequeños organismos que conforman el zooplancton marino resultan fundamentales para sostener la cadena alimentaria que involucra a los peces de mar abierto. El calentamiento global y la disminución de los hielos polares han modificado su cantidad y distribución. El estudio de su diversidad y abundancia es de gran importancia para comprender su papel en el ecosistema marino.
Tunicado planctónico (salpa) del Mar Argentino.
Foto: Exactas Comunicación
El calentamiento global está teniendo efectos innegables en el clima y en la vida silvestre. Los cambios climáticos se observan más rápidamente en las regiones polares y su ecosistema. En los últimos 50 años, se registró un aumento de 2,5°C en la Península Antártica. Seguramente por eso, durante los inviernos, la máxima extensión de hielo polar disminuye año tras año.
La relación entre el hielo y el agua marina influye en las corriente oceánicas, las que bombean oxígeno y agua rica en nutrientes a miles de kilómetros de distancia en ambos hemisferios, fertilizando las aguas superficiales.
Como una más de las múltiples consecuencias atribuibles a los cambios ambientales ocurridos por efecto del calentamiento global, los investigadores han notado con preocupación que se ha modificado la composición zooplanctónica de regiones como la Antártida.
“Hemos advertido en los animales planctónicos antárticos que la abundancia de algunos grupos de organismos gelatinosos como las salpas se ha incrementado en los últimos años en detrimento de otros organismos como el krill. Esto es debido probablemente a la disminución del hielo marino y a la competencia por el alimento”, dice Graciela Esnal, directora senior del Laboratorio de Zooplancton Marino del Departamento de Biodiversidad y Biología Experimental. “Esto preocupa porque afecta a todos aquellos animales que dependen del krill para su subsistencia”, agrega.
Este grupo de investigación trabaja sobre ecología marina, en particular, en el Atlántico sur y en el Océano Antártico. Los grupos de animales que estudian son planctónicos, es decir que flotan libremente en la masa de agua; entre ellos se encuentran los copépodos, quetognatos y tunicados como las apendicularias, salpas y doliólidos.
Los copépodos son crustáceos muy pequeños, muchas veces microscópicos, que se encuentran abundantemente tanto en agua dulce como salada. Se conocen unas 12.000 especies diferentes. “Son tan abundantes en el mar que cualquier muestra de plancton contiene siempre ejemplares de este grupo”, explica Esnal. Los quetognatos se asemejan a gusanos marinos y constituyen otro de los componentes principales del plancton en todo el planeta. Suelen ser transparentes y pueden medir hasta doce centímetros. Los tunicados, por su parte, son organismos llamados así porque la pared de su cuerpo segrega una túnica constituida por una sustancia celulósica llamada tunicina. Entre los tunicados se encuentran las apendicularias, las salpas y los doliólidos. Las apendicularias son pequeñas y solitarias. Filtran a través de una cápsula compleja que secretan, llamada comúnmente “casita”. Las salpas son organismos gelatinosos de mayor tamaño, también filtradores, que contribuyen significativamente al consumo y a la transferencia de materia orgánica en el ambiente. Pueden vivir de manera solitaria o formando colonias temporarias. Los doliólidos son pequeños, normalmente con forma de “tonel” y tienen musculatura en bandas en la pared del cuerpo.
“El conocimiento sobre la diversidad, abundancia y ciclos estacionales del zooplancton -acota Fabiana Capitanio, codirectora del grupo de investigación- es de gran importancia porque su disponibilidad es considerada uno de los principales factores que afectan el crecimiento de especies de peces pelágicos (de mar abierto) y tiene consecuencias significativas sobre el desove y la cría de los mismos. Por ejemplo, actualmente estudiamos las fracciones de diferentes tamaños del zooplancton que habitan el Banco Burdwood-Área Marina Protegida Namuncurá, a 150 km de la Isla de los Estados (Tierra del Fuego) y evaluamos su rol en la regulación de las tramas tróficas y el impacto sobre la dieta de las larvas de la sardina fueguina”, completa.
Para realizar su trabajo, los integrantes del equipo recurren a diversos procedimientos. “Los animales se obtienen mediante pesca con redes de plancton que se operan desde buques oceanográficos o manualmente desde botes”, relata Esnal. “Las muestras se toman periódicamente para hacer un seguimiento de las poblaciones en el tiempo y en el espacio. Luego de ser capturados, los organismos se llevan al laboratorio para su identificación. Algunos se mantienen vivos para realizar experiencias sobre su fisiología y otros se fijan para estudios morfológicos y taxonómicos”, sostiene la investigadora y agrega que “los datos obtenidos se relacionan con los factores ambientales, como temperatura, salinidad, cobertura de hielo, masas de agua, clorofila, presencia de otros organismos e interacción con los mismos”. El objetivo final de estas líneas de investigación será estudiar la diversidad biológica y los procesos dinámicos que condicionan la distribución, abundancia, reproducción, transferencia trófica, ciclos estacionales y relaciones con las masas de agua de estos grupos de zoopláncteres.
Este trabajo relata la vida del carpincho desde diferentes perspectivas y fue realizado en el año 2015 por los alumnos de 1er año de la EEST Nº1 junto a su profesora Alicia Andechaga en la materia Ciencias Naturales y expuesto en la Muestra Anual del colegio. Se partió de una plantilla guía
Entre todos, de forma colaborativa, desde el aula y la casa (si fuera necesario) se completó... no fue fácil, hubo que volver a hacer, porque un compañero borró o por otra causa...
PERO EL ESFUERZO DIO FRUTOS
No todos trabajaron a tiempo, y después hicieron su aporte
Este año se trabajará en forma integrada en las áreas de Ciencias Naturales, Biología, Artística, Prácticas del Lenguaje y Construcción de la Ciudadanía en el proyecto 2016, SALVEMOS AL ADELIA.
Los cursos que participarán son de 1ro a 4to año de la escuela secundaria.
En el transcurso de los meses se irán realizando diferentes actividades usando los materiales que abajo se publican para generar una campaña informativa sobre el Cambio Climático y las sugerencias para ayudar a disminuir los efectos.
Se eligió al Pingüino Adelia por ser una especie que a mostrado el impacto por la falta de alimento (Krill) y menor éxito reproductivo en los últimos años.
Los docentes antes de ir a la escuela preparan cómo abordar los contenidos a enseñar. Muchas veces cuando se escriben las actividades para la clase sobre "la biodiversidad de la zona" es necesario buscar diferentes recursos para conocerla y aprender a cuiarla.
Observar las aves es una muy buena opción, en las reservas y clubes de observadores se organizan salidas para conocerlas.
AVES ARGENTINAS es una entidad civil sin fines de lucro que trabaja para revalorizar el vínculo de las personas con su entorno natural, brindando un espacio para los amantes de la naturaleza y desarrollando proyectos y actividades de conservación, investigación, educación y difusión. Y en su página web ofrece varios materiales entre los que se encuentran los siguientes documentos que son guía muy sencilla y útil para valorar y avistar las aves.
Tecnología aplicada al seguimiento de aves migradoras
Todos algunos vez nos topamos con especies que vienen al país tras volar miles y miles de kilómetros. Son las aves migratorias. En el mundo, cada año 50 mil millones de individuos emprenden sus viajes con variados destinos y los científicos las siguen de cerca con ayuda de diferentes tecnologías.
Toda la población humana del mundo multiplicada por siete es la cantidad de aves que cada año emprenden su vuelo migratorio para encontrar un mejor lugar en el planeta donde tener cría, pasar el invierno u otras razones aún desconocidas. Los cielos son testigos de su epopeya, que sólo en América del Sur supera a las 230 especies, y que por su magnitud se ubica tercera en el mundo. Desde la tierra algunos observadores a veces las avistan por casualidad, mientras los científicos no les quitan los ojos de encima, porque ellas despiertan numerosos interrogantes, desde saber cómo son sus rutas, qué hacen, cómo viven y cuál es su importancia.
“Cuando en 2005 estalló el caso del virus de la influenza aviar de alta patogenicidad (la famosa cepa H5N1) y que las aves migratorias podrían participar en su diseminación, surgió por parte de las autoridades nacionales una necesidad urgente de contar con información sobre el tema”, recuerda Víctor Cueto, del Centro de Investigación Esquel de Montaña y Estepa Patagónica de CONICET y Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. “En ese momento, si bien contábamos con información general, por ejemplo, que no había migraciones de aves entre Asia y América del Sur; muchas de las preguntas que teníamos eran imposibles de contestar y se necesitaba desarrollar proyectos de largo plazo para lograr responderlas”.
Bandadas que en algunos casos pueden portar pestes y, en otros, por el contrario, combaten plagas de insectos. También participan en la diseminación de semillas, y resultan claves para regenerar bosques dañados por cataclismos, como se demostró en Patagonia. Además, colaboran en la polinización, y en algunos casos, si desapareciera el ave migratoria, generaría problemas en ciertas plantas. Van de aquí para allá. ¿Por qué? “Esa pregunta aún no tiene una respuesta concreta. Existen varias hipótesis. En principio, estarían buscando sitios apropiados para reproducirse, disponibilidad de alimentos y hasta lugares de nidificación”, indica Diego Tuero, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (Exactas-UBA).
¿Hacen siempre el mismo camino? ¿Cómo se orientan? ¿Vuelven todos? Los interrogantes se suceden y las respuestas deben sortear numerosos desafíos ya que se debe seguir al objeto de estudio a metros de altura y por miles de kilómetros de extensión. “Uno de los problemas que se plantea es la logística para estudiar este tipo de especies. Igualmente, en los últimos años ha habido desarrollo de tecnología y metodología que nos han permitido conocer un poco más sobre la ecología y su biología”, remarca José Hernán Sarasola, del Centro para el Estudio y Conservación de las Aves Rapaces en Argentina (CECARA) de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de La Pampa.
Datos al vuelo
Hace tiempo que lo están esperando en la Patagonia. ¡Al fin regresaron! Uno de ellos está en la mira porque carga una mochila de medio gramo de peso con tonelada de información. Atrapar con una red a este individuo de 16 gramos de peso es la primera opción. Si esta estrategia falla, los científicos le tenderán la trampa de “la momia”. Se trata de un modelo hecho a su imagen y semejanza pero de porcelana fría, que no está solo. Cuenta con un grabador que emite sus vocalizaciones o cantos de defensa e intenta hacerle creer que hay un intruso en su territorio. Al pretender desalojarlo, el incauto debería caer capturado. Si este plan B también sucumbe, queda esperar a que forme su nido, críe a su familia y, en un descuido, apresarlo sin dañarlo, para quitarle el tesoro: el geolocalizador, un dispositivo que guarda datos clave del viaje migratorio, en este caso, del fiofío silbón.
“Me dio miedo que el ave se me escapara durante el proceso de sacar el geolocalizador, algo que puede suceder, o bien que el dispositivo se cayera al pasto cuando lo quitaba, y no encontrarlo”, relata Cueto sobre la primera vez que logró recuperar el aparato de 2,5 centímetros colocado en un fiofío silbón en Esquel. “Si bien en ese momento estaba muy entusiasmado –agrega–, la parte más eufórica fue en la oficina cuando conectamos el geolocalizador a la computadora y vimos que tenía registros almacenados porque muchas veces al ser instrumentos tan pequeños fallan y no graban”.
Un programa procesó los datos que el ave había cargado sobre sus espaldas y permitió generar un mapa por donde el animal había estado. “Comprobar que había migrado desde Esquel hasta la zona de Espíritu Santo, en Brasil, fue un momento inolvidable y bien valió los días que pasamos en el campo. Por supuesto, a la noche hubo brindis y muchos mensajes entre quienes compartimos la pasión por conocer algo de la biología de las aves”, confiesa Cueto.
Este aparato fue el primero de los siete que, hasta el momento, los científicos lograron recuperar en Esquel. En total, ellos habían colocado estos dispositivos a 35 aves que durante la primavera-verano viven en los bosques patagónicos donde hacen sus nidos y se reproducen. En otoño viajan cinco mil kilómetros para pasar el invierno en el norte de Brasil. “Los datos son almacenados en una memoria permanente cuya retención dura más de veinte años. Por lo tanto, esperamos en el futuro recuperar algunos más”, señala Cueto, quien junto a su equipo aguardará divisar aves con un anillado particular de colores en su pata. Se trata de la señal colocada en el animal para advertir de que carga con un geolocalizador.
Estos minúsculos dispositivos “tienen el potencial de revolucionar nuestra comprensión de cómo las aves migran y las amenazas que enfrentan en el cambiante paisaje de América del Sur”, habían señalado Cueto y Tuero, entre otros, en la revista The Auk, de la Unión Americana de Ornitólogos, en 2013. Y los datos obtenidos les dan la razón al tirar por la borda creencias equivocadas. “Antes de nuestros trabajos se consideraba que las aves migratorias de América del Sur era un sistema formado por especies que realizaban migraciones de corta distancia”, relata Cueto, y enseguida remarca que sus estudios en tijeretas y fiofíos silbadores “demostraron que las aves realizan migraciones de muy larga distancia (en algunos casos de más de 5000 kilómetros), similares a las que realizan especies de Norteamérica o Europa”.
Tijeretas a la vista
Bien conocida en la llanura pampeana por su larga cola que duplica en largo a su cuerpo, la tijereta suele posarse en ramas y alambrados durante la primavera y parte del verano. A fines de febrero ya pasó el período reproductivo, y los extenuantes doce días en que le dieron de comer a los pichones literalmente cada ocho minutos. Al fin, las crías están listas y es hora de prepararse para un largo viaje. En plena ansiedad migratoria, las hormonas se disparan, los animales están inquietos y comen más. “Algunas especies –detalla Tuero– pueden incrementar su peso hasta un ciento por ciento. Metabolizan el alimento más rápido y lo guardan como grasa”.
Es tiempo de volver a casa, a pasar el invierno. Seis de ellas cargarán con geolocalizadores, que “tienen –indica Tuero– un sensor para medir la intensidad de luz. Con un programa de computación especial de acuerdo con la duración del día según la época del año se puede saber en qué sitio estuvo”. Los cálculos se realizarán a su regreso cuando se logre atrapar a las aves que lleven en sus espaldas estos diminutos artefactos, que no deben superar el 3% del peso de la tijereta. Como estas aves paseriformes, más conocidas como pajaritos, son muy livianas, no se les puede cargar con un aparato de posicionamiento global (GPS), que hace un seguimiento en tiempo real y totalmente preciso. Estos dispositivos más pesados se pueden usar en aves de mayor tamaño como las rapaces.
Mientras se aguarda a que se desarrollen GPSs ultralivianos, los geolocalizadores aportan lo suyo. “A partir de estos aparatitos sabemos que las tijeretas atraviesan el Amazonas, van por Bolivia y llegan a los llanos de Colombia y Venezuela”, precisa Tuero. Acumuladoras de millas, pueden volar unos 66 kilómetros por día, durante unas 7 a 12 semanas, y recorrer más de 4100 kilómetros. ¿Cómo se orientan? “Las aves pueden ver la luz polarizada, en distintas longitudes de onda. Algunos proponen que pueden guiarse por el ultrasonido del viento al chocar sobre los bordes de la montaña. Lo más aceptado es que se orientan por la posición del sol y las estrellas y el geomagnetismo terrestre”, dice Tuero, quien resalta la existencia de bandadas juveniles que nunca antes habían migrado y logran hacer solas la ruta migratoria. “Aquí hay un patrón genético que explica la migración. Pero hay especies que pueden pasar de ser migradoras a residentes (no migrar) en pocos años y ahí no hay genética que lo explique”, subraya el científico desde el Departamento de Ecología, Genética y Evolución, en Ciudad Universitaria.
Otra cuestión que trae cola es justamente su cuerpo, que no la ayuda mucho a la hora de volar lejos. “Es llamativa su larga cola, que le podría generar altos costos aerodinámicos para migrar. Debe invertir más energía en moverse”, indica Tuero, que justamente estudia en detalle este tema.
Tanto en las tijeretas como en todas las aves migratorias, el gasto energético que realizan en su periplo es tremendamente alto. “De hecho, es uno de los eventos más costosos que tienen estos organismos. La supervivencia promedio ronda un 30%”, indica Tuero. En otras palabras, para la gran mayoría resulta un viaje de ida, entonces por qué lo hacen. “Uno debería pensar –responde Tuero– qué sucedería si se quedan, tal vez no se reproducirían o su reproducción mermaría mucho. En definitiva, no migrar sería más costoso”, responde.
Nubes de aguiluchos
Exhaustos, extenuados, los aguiluchos langosteros arriban cada año a la llanura pampeana argentina desde el lejano oeste de América del Norte, tras volar unos diez mil kilómetros en algo más de cincuenta días. “Llegaban con tal cansancio al campo bonaerense que prácticamente se los podía agarrar con la mano”, relatan viejos naturalistas sobre estas aves rapaces, que en Estados Unidos y Canadá viven en pareja, aisladas unas de las otras, pero cuando llega el momento de migrar todo cambia.
“En la previa a la migración –marca Sarasola–, los individuos se congregan, van perdiendo el comportamiento territorial y se forman bandadas cada vez más grandes. Salen en dirección al sur, a través de Centroamérica, por donde se ha contabilizado que pasan varias decenas de miles por día. Son nubes. Los aguiluchos tienden a viajar sobre el continente, es raro que lo hagan sobre el agua”.
Su vuelo es parecido al del buitre y al que los humanos recrean con un parapente. “Usan una técnica de planear en corrientes térmicas que los elevan verticalmente, luego las aves se dejan caer y descienden hasta que vuelven a encontrar otra corriente de aire ascendente. Esta es la forma más económica desde el punto de vista energético para hacer un viaje tan extenso”, explica Sarasola.
Cadáveres y cadáveres dispersados por los campos argentinos en la década del 90 encendieron la luz de alarma. En ese momento, investigadores estadounidenses y argentinos registraron más de 5000 aguiluchos envenenados por un tóxico o por alimentarse de langostas tratadas con insecticidas. Se trataba de un producto organofosforado, de nombre comercial Monocrotophos. “A raíz de las mortandades y del hecho de que se trataba de una especie migratoria, en la cual tenían intereses otros países con gran peso como Canadá y Estados Unidos, el producto ha sido eliminado del mercado en muchos países del mundo”, relata Sarasola, y enseguida agrega: “En la Argentina, en 1998 se prohibió su uso, y desde entonces no se han registrado más casos. Fue un logro muy grande. Las instituciones e investigadores que participaron tuvieron reconocimiento internacional porque en muy poco tiempo se pudo detener en la Argentina un proceso que iba a poner en riesgo las poblaciones de esta especie”.
¿Esta mortandad masiva afectaba a todos por igual o alguna población en particular? ¿Estos miles de individuos sobre los campos arados pampeanos provenían todos de Idaho en Estados Unidos o de Saskatchewan en Canadá? “Se lanzaba como hipótesis que los aguiluchos mientras viajaban se segregaban, es decir mantenían su grupo según su lugar de cría. El estudio con isótopos estables permitió responder estas preguntas”, precisa Sarasola.
Las plumas de las aves guardan su marca de origen: ciertas particularidades que permiten descifrar de qué región del planeta provienen. “A partir del análisis de isótopos, uno puede saber dónde creció el individuo”, indica. En el caso de los aguiluchos, el estudio demostró que en nuestro país se mezclan y no se agrupan por sus lugares de cría. “Por lo tanto, la mortandad registrada en el hemisferio sur no iba a afectar a una sola población en el hemisferio norte, sino que sus efectos se diluirían entre todas. Y eso fue lo que pasó”, comprobó Sarasola.
Otra de las viajeras incansables es muy famosa, y esperada con fiestas populares, bombos y platillos; además de tener refranes y canciones con su nombre. Tampoco escapa al estudio de los científicos, como el profesor David Winkler, de la Universidad de Cornell, que dirige el proyecto “Golondrinas de las Américas” (http://golondrinas.cornell.edu). Ellos, como otros investigadores de aves migratorias, no pierden de vista su objetivo, pero también voluntarios o aficionados pueden sumarse a través de distintas organizaciones internacionales y locales a disfrutar de sus observaciones. Se trata de elevar la mirada alto, bien en alto; descubrir un mundo; y echarse a volar sin despegar los pies de la tierra.
Las tradiciones de los gauchos (hombres de campo) y la moderna tecnología agropecuaria se unieron en Argentina, en una singular alianza entre ganaderos y ambientalistas, que busca conservar la biodiversidad de los pastizales y mejorar la productividad y sabor de su famosa carne.
APUNTES SOBRE EL PANORAMA GLOBAL Y LA REALIDAD DE CÓRDOBA
Las tasas de deforestación sufridas por los bosques cordobeses no tienen parangón a nivel mundial, superando incluso a las correspondientes a bosques tropicales en otros países pobres. En este artículo, escrito especialmente para Hoy la Universidad, Marcelo Cabido –colaborador del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático que ganó el premio Nobel de la Paz en 2007– y Marcelo Zak, ambos investigadores y profesores de la Universidad Nacional de Córdoba, analizan la magnitud del problema a escala global y regional, haciendo hincapié en el caso de Córdoba.
El problema
La expansión e intensificación de la agricultura durante los últimos 50 años no registra precedentes en la historia de la humanidad. Entre 1960 y 2000 la población mundial se duplicó hasta alcanzar los 6.000 millones de habitantes, al tiempo que la economía global crecía seis veces; paralelamente, la demanda de alimentos y de servicios ecosistémicos aumentó en forma significativa. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés; 2001) la producción de alimentos casi se duplicó en ese período.
Parte de este incremento puede atribuirse a un aumento de alrededor del 12 % en la superficie cultivada, aunque no puede soslayarse el efecto de la “Revolución Verde” (cultivares de alto rendimiento, fertilizantes y pesticidas químicos, mecanización e irrigación), lo que implicó para el mismo lapso un incremento global del 700 % en el uso de fertilizantes y del 70 % en la superficie de cultivos bajo riego. Como consecuencia de ello, el rendimiento por unidad de área creció un 106% durante ese lapso.
Aún cuando la agricultura moderna ha logrado incrementar la producción de alimentos y fibras, al tiempo que aumentaba su demanda, los cambios en el uso de la tierra han desencadenado problemas ambientales a diferentes escalas, constituyendo la manifestación más evidente de la actividad humana sobre la biosfera. Tales transformaciones del territorio han ocasionado la pérdida de hábitats y biodiversidad, la alteración de la estructura y funcionamiento de los ecosistemas y la disminución de su capacidad para sostener la provisión de servicios (regulación del clima, producción de oxígeno, mantenimiento de la calidad del aire y del agua, desarrollo de los suelos, reciclado de productos de desecho) y recursos vitales (alimento, fibras, agua dulce, productos forestales).
Actualmente, cerca del 40% de la superficie libre de hielos del planeta está bajo agricultura, en tierras anteriormente cubiertas por bosques, sabanas y pastizales naturales. Tan sólo el reemplazo de bosques tropicales por cultivos sería responsable de hasta un 26% del total de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, al tiempo que contamos con evidencias suficientes del efecto de tales emisiones sobre el clima regional y global (por ejemplo el aumento de las temperaturas promedio en el planeta). Mientras tanto, la destrucción de hábitats naturales para producir alimentos u otros productos agrícolas destinados al consumo humano o animal (tal el caso de los afamados commodities), representa la más severa y extendida amenaza a la biodiversidad global (Millennium Ecosystem Assessmenmt 2003).
Magnitud, extensión y distribución del problema
Tanto la extensión como la distribución actuales de los territorios bajo agricultura constituyen un aspecto relativamente nuevo en la superficie de la Tierra. La expansión de la agricultura desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad ha sido mayor que durante todo el siglo XVIII y la primera mitad del XIX. Tal crecimiento ha ocasionado la pérdida neta de alrededor de 11 millones de km2 de bosques en los últimos 300 años (FAO 2004), pérdida que no se detiene, con valores anuales de deforestación de 146.000 km2 durante la década de los ‘90.
Las principales áreas de cultivo del mundo se encuentran en regiones con suelos productivos y condiciones climáticas adecuadas: el cinturón maicero de Estados Unidos, las praderas de Canadá, el cinturón cerealero de Europa, las llanuras de inundación del Ganges, las zonas de trigo y arroz del este de China, las pampas de Argentina y el cinturón triguero de Australia. Áreas de menor extensión ocurren en distintos lugares del mundo, mientras que grandes sectores de África se caracterizan por una agricultura de subsistencia.
Al presente, la superficie cultivada se está expandiendo en cerca del 70 % de los países del mundo, está disminuyendo en el 25 % y se mantiene estable en un 5 % de los mismos (FAO 2004). Si bien la presión de colonización de nuevas tierras para agricultura está en aumento a escala mundial, la extensión de la superficie destinada a agricultura y pasturas ha disminuido en los países desarrollados, lo cual contrasta con su continua expansión en los países en desarrollo [gráfico "Producción mundial..."]. Así, las evidencias muestran que la expansión reciente de bosques boreales y templados es superada por la continua pérdida de ecosistemas forestales en regiones tropicales, principalmente convertidos en tierras agrícolas (FAO 2001).
Aunque las estimaciones varían, la población mundial probablemente se incrementará hasta estabilizarse entre los 8 y 10 mil millones de habitantes hacia el año 2050. Junto a este crecimiento poblacional se observaun rápido incremento en el consumo per capita, siendo así posible que la demanda de alimentos aumente entre dos y tres veces hacia mediados del siglo. A pesar de los progresos tecnológicos en la genética de granos, en el control de pestes y malezas, y en las prácticas de laboreo (tal el caso de la siembra directa, por ejemplo), para satisfacer las necesidades expuestas -bajo la tecnología actual- la superficie total de tierras cultivadas debería incrementarse en un 18% (aproximadamente 15 millones de km2) en el mismo período [gráfico "Producción mundial..."]. Informes recientes de la FAO predicen incrementos de hasta 30 % en la superficie cultivada para América del Sur, el África Sub-Sahariana y, en general, para los países con economías en desarrollo.
Frente a estas tendencias cabe preguntarse cuáles serán las consecuencias de un nuevo aumento en la producción de alimento en las próximas décadas y qué impactos produciría tal incremento sobre el funcionamiento de los ecosistemas naturales (no agrícolas), y en los servicios que ellos ofrecen.
A juzgar por lo expuesto hasta aquí, la agricultura en el planeta habría ya superado un punto de inflexión amenazante, pasando de ser una causa menor de degradación ambiental hace tan sólo 35 años, a constituir la principal fuente de deposición de nitrógeno y fósforo en ambientes terrestres, acuáticos y marinos, como así también la causa más importante de la desaparición y fragmentación de hábitats y de la consecuente pérdida de bosques y biodiversidad.
Por otra parte, y dadas las limitaciones aparentes sobre las posibilidades reales de incrementar la producción de alimentos sólo a través de las innovaciones tecnológicas (intensificación), es probable que para doblar tal producción deba recurrirse, como se expuso en los párrafos anteriores, a un marcado incremento en la superficie cultivada. Así, y considerando que los mejores suelos se encuentran ya bajo algún tipo de cultivo, el aumento de la superficie para agricultura deberá ser desproporcionado para poder satisfacer una mayor producción. Tal aumento en la superficie cultivada ocasionaría la pérdida de unos 2,68 millones de km2 de ecosistemas naturales alrededor del mundo, por ejemplo los bosques subtropicales xerófilos estacionales remanentes en Córdoba y el norte argentino. La pérdida de ecosistemas naturales resultante incrementaría la proporción de especies amenazadas y/o en peligro de extinción. Paralelamente, provocaría también una emisión masiva de dióxido de carbono por clareo y tala. Aun más, dado que los ecosistemas de alta diversidad ocurren generalmente sobre suelos poco fértiles, tal el caso de selvas y sabanas tropicales, la conversión de ecosistemas pobres en nutrientes en tierras de cultivo produciría un impacto desproporcionado sobre la biodiversidad global. Si este efecto aumenta, como se proyecta para el doble de producción de alimento en las condiciones tecnológicas actuales, la agricultura transformará, sin margen de duda, el resto de los ecosistemas no agrícolas del planeta.
De esta manera, el impacto ambiental global de los cambios en el uso del suelo sobre los ecosistemas naturales y sobre los servicios que ellos proveen sería aun más grave que el del cambio climático global (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático 2000).
Panorama sudamericano, argentino y cordobés
En concordancia con las tendencias de alcance global, los principales factores de cambio en el uso y cobertura del suelo en América del Sur son la deforestación y la expansión de la agricultura. Algunos estudios dan cuenta de 4.277.000 km2 de bosques convertidos total o parcialmente para la agricultura en el continente. La deforestación de la Selva Amazónica fue muy reducida hasta 1975, pero hacia fines de los ‘90 se habían deforestado en el Amazonas brasilero cerca de 350 mil km2 de selvas, la mayor parte de ellas para cultivos. Este proceso de cambio en el uso del suelo, lejos de detenerse, ha continuado ininterrumpidamente hasta el presente, tal el caso de las tierras bajas de Bolivia, por ejemplo, donde se observan tendencias similares con una aceleración en la tasa de pérdida de bosques. Los mapas recientes de la vegetación del continente indican un proceso similar de expansión de la agricultura en el Chaco del sur de Bolivia y norte y centro de Argentina.
En este contexto, la Organización de las Naciones Unidas (United Nations 2001) predice para América Latina la casi duplicación de su población, alcanzando 1.025 millones de habitantes hacia mediados del siglo; este crecimiento daría lugar tanto a la extensificación como a la intensificación del proceso de deforestación, principalmente para ampliar la superficie cultivada.
En la República Argentina, el incremento en la producción de granos ha seguido una tendencia similar a la de los demás países sudamericanos. En los últimos 50 años aumentó de 20 a 70 millones de toneladas, estimándose que pronto llegará a 100 millones.
Esto, como deriva de lo anteriormente expresado, implica una conversión sostenida de ecosistemas naturales en tierras agrícolas, lo cual ocurre primordialmente en seis de sus ecorregiones: las Selvas de las Yungas y Paranaense, el Chaco Seco, el Chaco Húmedo, el Espinal y la Pampa [gráfico "Ecorregiones de Argentina..."]. En las ecorregiones restantes la agricultura está muy concentrada en bolsones de riego –por ejemplo, los “oasis” cuyanos– y algunos valles –tal el caso de los patagónicos–, o bien se trata de agricultura y plantaciones de subsistencia, fuertemente limitadas por las condiciones climáticas y edáficas predominantes a escala local. En términos generales, la tasa de deforestación registrada por la FAO (2001) para Argentina (0,8 % anual) es ya una de las más altas de América del Sur, aunque resulta ampliamente superada en algunos sectores del territorio, tal el caso de la provincia de Córdoba.
En Córdoba están bien representadas tres de las ecorregiones mencionadas: el Chaco Seco, el Espinal y la Pampa [gráfico "Ecorregiones de Argentina...]. En el Chaco Seco (o Semiárido) un conjunto de factores concurrentes, demandas y precios del mercado internacional, paquetes tecnológicos, incremento en las precipitaciones en algunos sectores, han contribuido a un avance notable de la frontera agrícola durante la segunda mitad del siglo pasado. La expansión de la agricultura ha sido posible a partir de la conversión de grandes extensiones de bosques, lo que provocó tanto la desaparición de hábitats como su fragmentación a lo largo del centro y norte argentino, en las provincias de Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Chaco y Formosa [gráfico "Evolución de la superficie..."].
Lamentablemente Córdoba constituye el más dramático ejemplo de esa realidad: los procesos de expansión de la agricultura en los departamentos del norte cordobés, entre 1970 y 2000, ocasionaron la pérdida de más de 10 mil km2 de bosques xerófilos estacionales (chaqueños) por conversión a cultivos anuales, principalmente soja. También el precio diferencial de la tierra en relación a sus altos valores en la ecorregión pampeana, sumado a un proceso de concentración de su propiedad en manos de grandes capitales, han promovido elevadas tasas de deforestación. En algunos territorios, (nuevamente el norte de Córdoba se presenta como ejemplo “de libro”), tales tasas han alcanzado valores entre los más altos del mundo.
Por su parte, el Espinal posee suelos muy aptos para el desarrollo de actividades agrícolas, por lo cual sus bosques comenzaron una franca declinación hacia comienzos del siglo XX. La expansión de la frontera agrícola desde la ecorregión Pampeana es responsable de la reducción de las masas boscosas, especialmente en las provincias de Córdoba y Santa Fé, quedando escasos manchones relictuales en una extensa matriz de cultivos anuales.
La ecorregión Pampeana ubicada en el sector sud-este de Córdoba, es la que más profunda y tempranamente fue transformada por la agricultura. El comienzo de la conversión de los pastizales del Río de La Plata estuvo asociado al arribo de los colonizadores europeos en la primera mitad del siglo XVI. A partir de la colonización, los herbívoros nativos, venados, ñandúes y en algunas áreas guanacos, fueron reemplazados por ganado exótico, mular, caballar, vacuno y ovino.El fuego, utilizado por los aborígenes para diversos objetivos como la caza y la comunicación, fue adoptado para el manejo ganadero, con lo cual los extensos y altos pajonales existentes antes de la colonización fueron convertidos en pastizales de pastos bajos.
Así, a lo largo del siglo XIX y principios del XX la mayor parte de los pajonales originales fueron reemplazados por tierras agrícolas, y los sitios con limitaciones edáficas (salinidad, anegamiento, entre otras) –tal el caso de los terrenos inundables del sur provincial, por ejemplo–, se transformaron en pastizales bajos, destinados a la producción de carne. Esta etapa estuvo también caracterizada por la introducción de especies exóticas, principalmente del Mediterráneo, adaptadas a condiciones de suelos con laboreo. Durante las últimas décadas la agricultura se expandió considerablemente por cambios en los mercados globales y por la incorporación de nueva tecnología. De esta forma se llegó a la siembra directa, de la mano de la aplicación del herbicida glifosato, de la incorporación de variedades vegetales genéticamente modificadas y de la implementación del sistema trigo-soja. En las tres ecorregiones mencionadas la difusión de la siembra directa fue acompañada por la de la soja [gráfico "Evolución de la producción..."].
El resultado final de los procesos de conversión de ecosistemas naturales a campos de agricultura en Córdoba se observa en el gráfico "Cobertura de la vegetación...". Aproximadamente 120.000 km2 de bosques presentes en la provincia a comienzos del siglo XX han sido reducidos a 6.400 km2 de bosques relativamente bien conservados, 10.600 km2 de bosques de sustitución y 9.600 km2 de matorrales.
Mirando al futuro
Al tiempo que nuestro país recuperaba la tan anhelada vida democrática, la expansión de la agricultura, y con ella el avance de la frontera agropecuaria a instancias de los bosques nativos, iba tomando trágica forma en la provincia de Córdoba. Así, los gobiernos de turno no fueron capaces, por comisión u omisión, de garantizar el “derecho de los habitantes a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras”, cómo versa el Art. 41 de la Constitución Nacional, ni de “resguardar la supervivencia y conservación de los bosques”, tal como indica la Constitución de la Provincia de Córdoba en su Art. 68. Entonces, bien podría sostenerse que la deforestación sufrida por la provincia de Córdoba es, además de inaceptable y ruinosa desde lo ambiental, inconstitucional, comprometiendo a los sucesivos responsables de la administración pública en instancias de incumplimiento de sus deberes. Así, y sumado al escaso mérito personal de los tomadores de decisiones sucesivos y eventuales, se agregó una preocupante complicidad muchas veces inconsciente, aunque no por ello menos grave. Esto, combinado con la ambición privada desmedida en un período de expansión del mercado internacional de granos y de la tecnología de producción de alimentos, gestó una combinación explosiva que, unas pocas décadas después, nos posiciona en una situación límite, sin más alternativas futuras que la simple y total protección de los escasos relictos de vegetación nativa.
Lamentablemente, al igual que en muchos otros aspectos relativos a lo ambiental, las posiciones de compromiso intermedias son inviables por lo ineficaces que resultan: así, no se puede abrir el juego simultáneamente a la protección de los bosques y a la expansión agroganadera, no en esta instancia, resulta demasiado tarde para ello.
Las tasas de deforestación sufridas año a año por los bosques cordobeses no tienen parangón a nivel mundial, superando incluso a las correspondientes a bosques tropicales en otros países pobres que, como consecuencia, resultan aun más infortunados. Sucede que cuando se pierden los ecosistemas de bosque desaparecen también, junto a la pérdida obvia de bienes forestales, los servicios ecosistémicos que estos proveen y que redundan en beneficios continuos, gratuitos e insustituibles para las poblaciones humanas (tal el caso de los servicios de purificación del aire y el agua, de formación y retención de suelos, de control de sequías e inundaciones, de polinización, entre tantos otros).
Lamentablemente esto no es comprendido cabalmente por muchos formadores de políticas y emprendedores privados, por lo cual resulta necesario traducirlo aun más claramente: sin los ambientes naturales los sistemas de soporte de vida colapsan, y con ellos nuestra propia existencia, sin alternativa, sin solución. Siendo esto así, ¿existe aún algo que deba ser discutido al respecto? Esto ha sido suficientemente probado por un sinnúmero de estudios realizados alrededor del mundo por los más prestigiosos científicos y técnicos, siendo por ende incontrastable con posiciones basadas simplemente en pareceres particulares, tan a menudo utilizadas para, en la confusión, apoyar dudosas intenciones.
Bien sabemos entonces qué ocurrirá si persistimos en la conducta irresponsable, egoísta y malintencionada que nos ha llevado hasta el estado actual de cosas. Pero, ¿qué queda entonces por hacer? Tristemente no mucho, aunque quizás sea tiempo de retomar los votos de nuestros mejores próceres nacionales, aquellos que 200 años atrás pensaron en una nación posible, con un espacio para todos y cada uno de nosotros.
A esta altura, y en este orden de cosas, ello implica la puesta en vigencia de una ley que proteja sin más dilaciones los escasos bosques nativos del territorio provincial, lo cual sólo será posible si nuestros legisladores se comprometen con la propuesta realizada oportunamente sobre la base de un enfoque científico y ampliamente participativo por la Comisión de Ordenamiento Territorial de los Bosques Nativos (COTBN). Si esto así ocurriera, si la Unicameral cordobesa enarbolara el espíritu de tal propuesta en defensa del patrimonio ambiental relictual de Córdoba, podríamos comenzar a reandar un camino signado por numerosos fracasos en la política ambiental de Córdoba, 200 años después.